Una mosca sin patas
Alejandro Gándara
12/5/2003
No sé si ustedes recuerdan un experimento que explicaba el funcionamiento de la ciencia y que hacía gracia. Se trataba de que a una mosca le ibas quitando las patas y le ordenabas que viniese. La mosca siempre venía. Hasta que se quedaba sin patas, le dabas la orden y entonces no venía. Conclusión del científico: cuando a las moscas les quitas las patas se quedan sordas. Indiscutible. Razonamiento válido y argumento correcto.
Pues a mí me viene pasando que si me hablan mucho me quedo sin patas, lo que es parecido pero al revés. Una sensación rara, me pongo a escuchar ciertas cosas y en cierta cantidad y se me gripa el aparato motriz, en serio, no circulo. De modo que una de dos: o tengo una metástasis que va del oído hasta las piernas o mi cuerpo ha empezado a reaccionar mal a los contactos continuados con el medio, una especie de antipatía psicosomática.
Por ejemplo, si escucho a los candidatos electorales más allá del medio minuto, se me amputa cualquier remoto deseo de ir al trabajo o de volver a casa, según donde esté. Esto debe de ser porque las promesas que no van a ninguna parte me cortan la circulación (no sé si cazan el juego de palabras). El otro día oí a uno decir que acabaría con la especulación inmobiliaria sin matar a nadie, y de camino al restaurante donde había quedado con la novia que me dejó, me quedé atascado en un bar tomando chinchón dulce. No pude llegar al restaurante ni insuflar a la novia abandónica las verdades que merecía. Tampoco volver a casa. Ella se lo tomó fatal y yo todavía estoy con el alkaseltzer.
En la misma semana me invitaron al pre-estreno de una película basada en obra de un servidor, entonces llegó Massiel (¿se escribe así?) y me pilló justo donde la entrevistaban, de modo que tuve que escucharlo todo. Cuando llegó el equipo de la película y quisieron que fuera a sentarme con ellos, las piernas no me respondieron y tuvieron que llevarme en andas a la butaca. En el mundo de la farándula a esto lo consideran una excentricidad de buen gusto, pero yo tenía un susto de muerte. Dos días soñando con Massiel, y que no les pase a ustedes.
Para terminar, ayer venía en el coche y sintonicé un debate sobre si los padres tienen derecho a escoger el sexo de sus hijos. Uno decía que por qué no y otro decía que adónde íbamos a parar. Lo peor de todo es que yo no hubiera sabido qué contestar a ninguno de los dos. Total, que paré el coche en un arcén prohibido, llegó la guardia civil y me preguntaron qué sucedía. Yo les dije que me había quedado sin piernas, ellos me hicieron soplar y después me amenazaron con devolverme a mi novia. Ni siquiera con esta crueldad pudieron moverme. Escribo desde el cuartelillo, porque no podría llegar a casa.