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Etiquetas: Columna, ABC

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Melancólicos del futuro

Alejandro Gándara

03/5/2003

Como más o menos hemos acabado sabiendo en propia carne, la melancolía es el daño causado por una pérdida que no se restaña y que alimenta la pena de todos los días. La peor de esa clase de pérdidas es la pérdida del deseo, bien porque nos lo robó la arbitrariedad de la vida, bien porque el mundo no nos proporciona sitio en que ponerlo (cosas que a veces coinciden y a veces se complementan, que es lo que faltaba para la fiesta). Sin deseo, las enfermedades del alma llegan en oleadas, hasta el golpe final que nos libra del alma y del mundo, y que llamamos locura.

El otro día escuché en la radio del coche a una muchacha de veintitrés años hablar de los contratos basura, de las condiciones en que trabaja, de ese infierno en que se ha convertido el mundo laboral tanto si se le considera por arriba como por abajo, que todos conocemos de sobra y con el que tratamos cada vez que vamos a un supermercado, pedimos una pizza por teléfono, llamamos a una línea 900 o buscamos asistenta. Aunque también encontramos esa precariedad y esa variante de la miseria en institutos de investigación de mercado, en publicaciones, en empresas culturales y de vanguardia tecnológica, en despachos de abogados y, para decirlo pronto, en cualquier sitio al que se te ocurra poner la vista encima. En fin, lo que quería decir es que, a pesar de lo sabido y resabido, el testimonio de la muchacha me conmovió, algo que siempre es fastidioso si además se tiene en cuenta cómo debe de estar el tráfico para que a uno no le quede más remedio que enchufar la radio y extasiarse con el nivel de abstracción que caracteriza al medio.

El caso es que me quedé pensando en mi reacción y decidí que era tristeza. Pura y simple tristeza. También pensé en que no procedía de aquel testimonio en particular, sino de un sentimiento que se destilaba en ese instante, relacionado con la impresión que la gente joven me produce desde hace tiempo. En resumen, mi tristeza era que yo les veía tristes. Les veo tristes yendo al colegio o al instituto, cargados con esas mochilas más propias de un sherpa que de un estudiante, a tratar con un sistema pedagógico y un programa de estudios corrompido en sí mismo y con un horizonte de corrupción en el mundo al que les dirige. Les veo tristes los fines de semana, frente a la consola o deambulando como zombies estragados de lo que se han metido en el cuerpo, reclamando al otro sexo como un naúfrago una tabla. Les veo tristes cuando, como en el caso de la chica, se lanzan al trabajo y resulta que eso no te da para alquilar un piso, ni pagar tus facturas, ni proyectar una pareja. Les veo tristes hasta cuando dicen que son felices, porque cada vez se explican peor. Y, no sé, me ha dado por pensar en que esta cultura del logro y del dinero les está robando el deseo mientras les promete lo imposible, y que si te roban eso ya nunca te quedará nada. Ustedes perdonen, no tengo un buen día.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres