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Etiquetas: Columna, ABC

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A la sombra del tribuno

Alejandro Gándara

07/4/2003

No voy a negar lo bien que me sienta ver a un escritor o a un actor subido a la tribuna de oradores, y ante un público a miles fervoroso, explicando con toda clase de conocimientos estratégicos y geopolíticos la verdad sobre la contienda de Irak. Me sienta bien, no voy a negarlo, porque sé que llegará el día en que me toque a mí y al fin pueda desplegar los conocimientos atesorados en el cuarto de la pensión donde escribo desde que ella me dejó. (Sólo esta ilusión me quita la pena de viajante de comercio que me invade desde el óbito amatorio).

También me satisface otra cosa. Por más que miro la televisión y leo los periódicos no obtengo una clara percepción de lo que ocurre (culpa mía a todas luces). Por ejemplo, escucho a Rodríguez Zapatero (¿estará él sacando a la superficie asimismo conocimientos atesorados en su diseño del centenario del Quijote?) que los tanques de la coalición están atravesando el campus de la universidad de Bagdad, que él lo había oído en la radio mientras llegaba al mitin en coche, y que no podía menos que promulgar lo siguiente: "¡Qué contradicción, señores, qué contradicción!". Esto no lo entendí muy bien, porque no supe si la contradicción era haber puesto la universidad en mitad del paso de los acorazados o si los acorazados ponían en entredicho la libertad de cátedra, mayormente por el ruido.

A lo que voy es a que los escritores y los actores son contundentes y precisos allí donde el sociópata de Rumsfeld (¿no hacen chequeos en el Pentágono?) o Richard Perle el vidente (¿era un precog en Minority Report?) les imitan tibiamente. Cierto que además tengo la impresión de que éstos me cuentan algo que pensaron cuando no les admitieron en West Point o cuando se casaron por defecto con la hermana de la heredera que en realidad pretendían.

Me estoy liando y lo que quiero es hablar en síntesis, desplegando en la medida de mis capacidades esa clarividencia apodíctica de las narraciones publicitarias. Admiro la clarividencia en cualquiera de sus formas, no voy a negarlo, porque opino que la clarividencia respecto de la confusión mortal es una forma superior del ser, lo que se demuestra por la cantidad de público que reúne el clarividente y la cantidad de público que reúno yo, por poner un caso cercano. Si eres intelectualmente tartaja, dubitativo o, lo que es peor, te dedicas a pensar lo que vas a decir tu futuro es más solitario que el del vaquero de Marlboro, que además murió de cáncer (no por culpa del tabaco, sino de la soledad, a poco que uno siga el razonamiento). Por no hablar de lo clarividentes y convincentes que son las buenas intenciones cuando se expresan bien, cuando las pronuncias sin que tiemble la voz ni tiemble la realidad, y por no hablar de cuánto venden, talmente como las marcas blancas en el ámbito cómplice del supermercado.

© 2008 Alejandro Gándara

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