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Etiquetas: Columna, ABC

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Ringelblum y nosotros

Alejandro Gándara

07/4/2003

Esta época se ha convencido de que el horror sólo surge por sorpresa, en las repentinas noticias de un telediario sobre algún remoto punto del planeta o en la vecindad de un delirio doméstico. La fisonomía del horror es la de la catástrofe, un hecho extraordinario frente a la continuidad pulida y predecible de la existencia. Lo cotidiano es una proporción aúrea y el horror es una bomba racimo, instantánea y compuesta de añicos dolorosos. Sospecho que las cosas no son así, incluso que son al contrario.

Alba Editorial acaba de publicar ese monumento radiográfico del horror que es Crónica del gueto de Varsovia, de Emanuel Ringelblum (traducción, introducción, selección y notas de Katarzyna Olszewska Sonnenberg y Sergio Trigán), un texto considerado por la UNESCO "patrimonio documental de la Humanidad". Estamos ante un diario del exterminio nazi escrito por un testigo que fue víctima a su vez. Lo entrañable -o lo lastimoso, según ande el cuerpo- es el intento de objetividad de Ringelblum, historiador convencido del papel preventivo y paidético de la memoria (ay, pobre). Y lo deslumbrante del documento consiste en la demostración de que cualquier horror célebre, cualquier genocidio universal del espíritu no está emparentado con ninguna furia divina sino con esa sucesión de gestos y pequeñas decisiones en los que abunda la vida diaria y que no merecen nuestra atención hasta que desembocan en lo inasimilable.

Crónica del todo actual, pues, dado que todavía quedan algunos que creen que las guerras y las catástrofes son producto de decisiones erróneas, sin raíz ni correspondencia con la cultura aceptada que las provoca, y que basta con cambiar las decisiones para detener los acontecimientos. Una especie de voluntarismo que colapsaría la marea voluntaria de lo que aceptamos todos los días. Es decir, que podemos aceptar la tecnología como vanguardia del conocimiento y el consumo masivo y petulante de petróleo en hogares y vehículos, pero nos parece reprochable que un chip guíe a un avión de combate y que el combustible alimente los acorazados que asedian los pozos. Lo que muestra Ringelblum es que lo que haces y aceptas todos los días es esa guerra de la que huyes con cara de asco, y que la muerte a gran escala viene precedida de muchas otras muertes pequeñas que han pasado desapercibidas porque resulta que así pasabas menos frío, comías cuando tenías hambre y los días mantenían una candorosa semejanza en el calendario. Al fin y al cabo los únicos cadáveres perceptibles estaban almacenados en el frigorífico en espera de la bullabesa o del ragut. El otro cadáver, al que peinabas cada mañana en el espejo, tenía problemas de canas incipientes o de alopecia, pero también habías descubierto lo mucho que había avanzado la cosmética y la cirujía del injerto, de modo que aunque empezaras a oler mal la balda de potingues estaba bien surtida.

© 2008 Alejandro Gándara

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