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Etiquetas: Columna, ABC

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Escenas de la retaguardia

Alejandro Gándara

30/3/2003

Recuerdo que estaba leyendo un reportaje sobre los niños de Ruanda y de Chechenia que nunca merecieron mi atención ni la del Consejo de Seguridad de la ONU, cuando entró en mi despacho una persona que hasta ese momento había sido mi novia y me espetó que no estaba de acuerdo con mis columnas. Respondí, algo contrito, que ella nunca las leía, con lo que me hice acreedor a la siguiente contestación: "Eso no tiene nada que ver". Colegí que para estar en desacuerdo es accesorio saber lo que piensa el otro (y más económico). Bueno, el caso es que escribo esta columna desde una pensión.

Al día siguiente tomaba café antes de entrar en clase y el local se llenó de alumnos de Arte Dramático que estrenaron allí mismo su función. Entre carcajadas e intenso despliegue de energía vital propia de quien ha desayunado cornflakes desde la más tierna infancia, parodiaron a Bush y acto seguido se hicieron los muertos en el suelo de la taberna. No me hizo gracia, la verdad, y todavía no sé por qué. Tal vez porque confío en que la muerte de verdad no acabe por convertirse en un espectáculo popular. También me quedé pensando en que vivimos en la cultura del beneficio máximo y que todo el mundo saca provecho de lo que hay, guerra incluida.

Quizá por eso, cuando un colega me llamó para que portara junto a otros colegas la pancarta de No a la guerra en una manifestación, la parte más miserable de mí se quedó pensando si no debería aprovechar la oportunidad publicitaria, dado que es posible que la guerra sea, en el caso artístico, la continuación del marketing por otros medios (parafraseando a Clausewitz que dijo lo mismo pero con la política en lugar del marketing). Como la miseria propia baja mucho las defensas, agarré un resfriado y me quedé en cama sudando el dilema.

Cené con unos amigos el día de los cajeros y los contenedores incendiados, y del policía atizando por las buenas a una estudiante. Yo quería contarles que me habían echado de casa por escribir columnas y recurrir a su generosidad para procurarme un alojamiento menos deprimente, apenas hasta que encontrara un domicilio digno del nombre, pero estaban tan irritados con los acontecimientos políticos que no encontré ocasión para que me escucharan. Una señora con mechas, que cenaba en la vecindad, le dijo al acompañante (una especie de marido con el pelo artificialmente zaíno): "Te advertí que hoy la chusma andaba suelta".

Hoy he comido con uno que fue comisario político en la clandestinidad franquista, y en la actualidad escritor comprometido con la causa del antiamericanismo. Pidió paella y de paso sugirió al camarero que el plato fuera abundante. No sé. He vuelto a la pensión con el estómago revuelto. Pienso en la palabra abundante y me dan ganas de vomitar todo el marisco. Pero no pienso volver con ella.

© 2008 Alejandro Gándara

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