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Etiquetas: Columna, ABC

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Cuando la razón cierra filas

Alejandro Gándara

23/3/2003

Pensar y hacer la guerra son cosas que sólo están juntas en la gramática de la frase, dando lugar a una de las muchas perversiones del lenguaje. Una guerra es un conflicto extremo, que sólo admite bandos y estrategias de aniquilamiento del adversario no sujetas a ley alguna. En cambio, el pensamiento decae en cuanto prejuzga y se abandera a sí mismo, y desaparece de la vista desde el momento en que no admite la presencia del contrario e incluso del contradictorio. Se puede hacer la guerra o se puede pensar, pero no se pueden hacer las dos cosas al tiempo o, si se hacen, lo harán cada una por su lado, sin la más mínima contigüidad, sin interferencia y desde luego sin consecuencias mutuas.

A las perversiones del lenguaje suelen acompañarles las perversiones de la comunicación, por cuanto la comunicación da a entender que una guerra es pensable o el pensamiento puede entrar en la dinámica de la guerra como un elemento pertinente. Se trata de un absurdo fundamental que no obstante se cuela por las exigencias de una ruidosa sociedad de la información cuyo objetivo primero y último es la búsqueda de clientes y por tanto de fidelidades. La información se compra y se vende, se deteriora y se recambia en un ámbito de mercado que no puede prescindir de las curvas de oferta y de demanda, ni de la investigación de los hábitos del consumidor, de sus deseos y aspiraciones por extravagantes que sean. Los periódicos, las cadenas de televisión y la radio buscan al cliente allí donde se encuentra y esperan de él, puesto que le dan lo que necesita, que permanezca fiel en su puesto de audiencia. Dado que hay dificultades técnicas y políticas para ofrecerle la guerra tal como es, en directo, con inmediatez, con todos los datos y evidencias, le ofrecen a cambio una gran abundancia de productos derivados del pensamiento a través de las opiniones de expertos, de moralistas, de científicos, de filósofos, de artistas, de políticos y de público corriente, como si una cosa tuviera que ver con la otra, como si lo que esos interlocutores dicen y piensan estuviera relacionado aun de la manera más remota con la dialéctica impar de la guerra.

La guerra se puede hacer o no hacer, se puede estar a favor o en contra, lo que no puede es ser pensada, del mismo modo en que la muerte, su pariente filosófica más cercana, no puede ser pensada sin experimentar el intenso placer o el intenso disgusto de lo absurdo por excelencia.

El resultado de echarse a pensar en tiempos de guerra es la beligerancia, pues así como el pensamiento es parcial, tiene ángulos e insuficiencias, la guerra es omnímoda, ocupa el universo entero de las cosas y no deja rastro del ser, de modo que en esa batalla quien pierde es la facultad que hace del mundo un lugar reflexivo, moldeable y optimista, dominado por el intercambio de individuos que aspiran a la verdad, pero que saben lo lejos que se encuentra.

 

© 2008 Alejandro Gándara

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