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Etiquetas: Columna, ABC

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Disparos contra el hombre

Alejandro Gándara

17/2/2003

En este país hay gente que cree que quita y pone el crédito de las personas porque tiene una columna en un periódico o un programa de radio. Hace poco, mientras regresaba a casa tras una de esas jornadas laborales que más valdría no haber comenzado, escuché a una especie de locutor que se hacía pasar por periodista descalificar al historiador Pío Moa porque había pertenecido a los GRAPO. Todo lo que ese autor había escrito y dicho, sus investigaciones y esfuerzos se volvieron malditos a partir de lo que se conoce en lógica como argumento ad hominem, y que al menos en mi época se enseñaba en Bachillerato. Se trata de disparar contra la persona cuando no se puede, o no se quiere rebatir los argumentos, que simplemente quedan borrados del mapa. Con voz engolada y cargada del peso trascendente de la verdad el locutor lo llamó fascista durante cinco minutos y luego pasó a otra cosa. Instantáneamente pensé: por las mismas este tipo habría podido meterse conmigo o con cualquiera desde la más completa impunidad. Estuve a punto de agradecerle su indiferencia en un día en que el sistema inmunológico andaba bajo mínimos. O sea, sentí miedo, y del miedo al síndrome de Estocolmo hay un paso.

Los avances de la civilización, hayan sido grandes o pequeños, se han basado sobre todo en admitir que las brujas no existen y que quemarlas es un crimen contra la humanidad. Da igual que se les adjudiquen poderes extraordinarios o pasados execrables, el caso es que la caza del hombre no solamente es ilegal, sino que nos pone a todos en peligro. Esa clase de deportes, dado que no exigen destrezas especiales ni un gran ejercicio de la voluntad, más bien todo lo contrario, ganan adeptos con facilidad y se enquistan en las costumbres de la gente más allá del momento y de las condiciones objetivas en que viven. Por otro lado, la caza del hombre suele llevarse a cabo con la mayor arbitrariedad, ya que es el hombre y no su discurso sobre lo que disparamos. De ahí que elijamos a unos como diana y a otros, con los mismos motivos y pasados, decidamos no tocarlos.

Me gustaría saber si lo que dice Pío Moa es riguroso, o si tiene un pie en la verdad documentada y otro en el delirio paranoico, o si unas veces acierta y otras se equivoca. En fin, me gustaría saber qué dice realmente, cosa que debiera ser tarea de historiadores o de gente que tenga idea de lo que habla. Quienes no pueden asumir esa tarea son los papagayos, por mucho que se crean inspirados por principios universales y absolutos que una vez han entrado en su cabeza ya no dejan lugar para nada, ni siquiera para la dignidad humana. Vivimos malos tiempos para el pensamiento y buenos para el alistamiento. El resultado no es una sociedad libre sino una sociedad que se dedica a cerrar filas y que camina al ritmo marcial de los tambores y de los taconazos. Y que no ve adónde la llevan.

© 2008 Alejandro Gándara

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