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Etiquetas: Columna, ABC

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Entre la paz y la guerra

Alejandro Gándara

17/2/2003

Acabo de leer que antes de las manifestaciones en todo el mundo contra la guerra de Irak la opinión estadounidense sobre el conflicto estaba repartida al cincuenta por ciento. Después de las manifestaciones, los estadounidenses a favor de la guerra han subido al menos quince puntos en el porcentaje, con la consiguiente merma en el antagonista. Confiemos en que la encuesta se hizo mal, en mal momento, con malos cuestionarios y con técnicas cualitativas malas. Pero también era de temer. Y era de temer porque no se trataba de manifestarse contra los americanos del Norte, sino estrictamente contra Sadam Hussein, el único que puede parar esta guerra. Independientemente de que el líder iraquí fuese inocente -cosa que no hay quien crea-, si en sus manos está la posibilidad de evitar la catástrofe, su obligación es dimitir y la de los demás pedir su dimisión: siempre y cuando se tenga claro que uno está contra la guerra, contra las víctimas y su cohorte de daños y no a favor exclusivo de la íntima dignidad moral, de las autojustificaciones o de quedar bien en el espejo de una conciencia que atraviesa momentos más feos que guapos.

La paradoja en todo caso es que manifestándose por la paz de cierta manera la causa de la guerra gana adeptos. A mí me gustaba Gandhi y su silencio, su manera de tumbarse en las vías férreas ante los convoyes del imperio británico y de paso no negar nada ni a nadie para poder afirmar, con todas las fuerzas que no se habían ido por otro lado, su convicción de que la violencia concernía a los otros. Si se cree en la paz no se cree en la furia, en las proclamas y en el resentimiento. Sobre todo en las proclamas, esos gritos de guerra, esos mensajes pegadizos con los que la tribu se entusiasma o cae en un estupor sagrado y cerril que tiene por misión ahogar el canto de los extraños y de ensordecer los oídos propios.

Creo en un silencio manifiesto más que en la manifestación personal y colectiva del ruido. Todos los ruidos se parecen demasiado, quizá porque en esta época hay ruidos por todas partes. Y después del ruido nunca viene nada. O viene más ruido. Aunque en general suele venir la resaca de los excesos y la promesa de no volver a hacerlo en mucho tiempo. Lo malo de lo excepcional es como lo malo de la pasión: finalmente, una llamada al orden.

Tampoco me gustan las pancartas, los disfraces, los números de circo, los discursos leídos en el tono rimbombante de los que quieren tener razón y que al final lo único que han hecho es poner ritmo y gola a las noticias de su periódico favorito. En la manifestación de Madrid la gente no pudo tumbarse en el suelo, como muertos, porque no había sitio. Demasiada gente, demasiado ruido, demasiado de todo, así que nadie pudo hacer lo que había venido a hacer, lo único que hubiera merecido la pena hacer.

© 2008 Alejandro Gándara

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