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Etiquetas: Columna, ABC

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La Academia, ya ves

Alejandro Gándara

27/1/2003

Desde que tengo uso de razón (hace de eso un par de meses, como consecuencia de un discurso terminal de Bush) oigo hablar mal de la Real Academia Española. Cuando digo "mal" quiero decir que en comparación las imprecaciones de la niña del exorcista tenían vocación lírica. Pero si es una institución tan nefanda, ¿por qué se sigue hablando de ella? Da la impresión de que se presenta una ocasión como pocas para cerrar el pico y emprenderla, por ejemplo, con el Ministerio de Ciencia y Tecnología, del que Aznar sólo habla en la intimidad.

Ahora le ha tocado la taba a Arturo Pérez Reverte y por todas partes quieren saber si es una consecuencia colateral del hundimiento del Prestige. Qué quieren que les diga. Yo creo que no. Si a Pérez Reverte le gusta ser académico y le parece bien que le elijan, su obligación es disfrutarlo. Y otro tanto para los miembros de la Academia. No veo motivo para blasfemar de algo en lo que no se cree. Pero en el mundillo cultural el sistema de comunicación más extendido es el de dale al bolo Manolo. Es como si además de odiar el fútbol fuéramos los domingos al campo para demostrarlo. En estos casos, un servidor tiende a sospechar que el fútbol gusta y que negarlo no gusta menos. Ya se sabe que la naturaleza humana es contradictoria y cachonda. Tengo un amigo que desayuna cada mañana con el periódico, maldiciendo la hora en que lo ha comprado. Tengo otro que odia la televisión y la ve todos los días con los hijos para protegerles de su influencia. Yo mismo, por poner un caso cercano, tuve una novia que me detestaba hasta el punto de obligarme a que me casara con ella. De esta forma descubrí el amor verdadero. Por cierto, es raro que te quieran sin explicarte lo indigno que eres del afecto que te están dando.

Va a ser esto. Que la pasión desorbitada conduce necesariamente a la insuficiencia ajena. Que lo que pongo en un pedestal es sólo para que haga más ruido cuando lo tumbe. Lo malo de estas cosas es que nunca sabes si las querías mucho o querías más matarlas, lo que supondría un amor absoluto, o sea, sin nadie.

A mí la Academia no me pone, qué vamos a hacerle. No es culpa suya ni mía. Pero tampoco me ponen las regatas y no voy por ahí desfondando balandros. De hecho, si me encuentro un balandro ni lo reconozco. Por otro lado, no sé para qué sirven, ni si han hecho mucho bien a la Humanidad, dado que yo en barco me mareo. Quizá por eso me pareció tan raro que hubiera manifestantes contra la Academia el día de la elección de Pérez Reverte. No podía imaginar que la Academia diera lugar a manifestaciones por reducidas que fuesen, como no imagino manifestaciones contra las reuniones de amigos en fin de semana. A no ser que lo montase la propia Academia, y ello significara un acto de vanguardia que demostraría lo perdido que ando en este asunto.

© 2008 Alejandro Gándara

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