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Etiquetas: Columna, ABC

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Aventuras marxistas

Alejandro Gándara

20/1/2003

Dice Marshall Berman en un libro recientemente publicado por ....., y titulado Aventuras marxistas, que la figura y el pensamiento de Marx se han convertido en piezas de juegos intelectuales, por un lado, y en iconos de quincallería social -desde camisetas a mecheros con la llama saliendo de la coronilla del revolucionario-, por otro. Y que esto sucede, vengo a interpretarlo así, porque todo el mundo sabe que no existe un solo Marx verdadero, sino muchos, según por donde cada cual cojee. De modo que un marxista actual sabe que hay muchos marxismos posibles y que una camiseta con el busto del autor es sólo una de las camisetas posibles.

Ciertamente se puede recurrir a Marx sin necesidad de hacer apología del comunismo, y a menudo le pasa como al tabasco, que hay una gran diversidad de platos y de cócteles que ganan sabor echando una pizca. Desde luego, su mención ya no queda mal en los labios pálidos de un neoliberal, ni en los de un correcto académico, ni en los programas de estudio de una escuela de peritos. Los políticos y los ejecutivos se sirven de sus recursos retóricos, algunos sacerdotes del tercer mundo lo han metido en el santoral, y el retrato rotundo y desgreñado del gran hombre ayuda a diseñar la imagen de líderes sindicales desde aquí a Nueva York.

El título del libro proporciona como en pocos casos la clave de lectura (en inglés, Adventures in marxism, lo que añade el matiz de aventurarse), ya que efectivamente Marx se va quedando en una especie de cana al aire, en una relación tan fogosa como se quiera, pero sin consecuencias para la institución. O por lo menos sin pretensión de que haya consecuencias: luego, ya se sabe que nunca se sabe. De todas formas, el que más y el que menos necesita excitarse de vez en cuando, poner a prueba el matrimonio y comprobar la vigencia del atractivo personal. Hace tiempo, una aventura con Marx era considerada adulterio con el agravante de abandono de hogar, casi al mismo nivel que una aventura con Freud o con una comuna de neoluditas. Se trataba de una pasión culpable y no de un escarceo, dada la entidad del amante y su bien conocida propensión a no querer compartirte con nadie. Ahora parece descendido a la categoría de lío ocasional.

Lo que pasa, digo yo, es que los líos ocasionales se tienen por algo y que quien tiene un lío tiene mil, lo que no resulta tranquilizador para el devenir de lo establecido. Puede que al final triunfe el matrimonio y el Ministerio de Ciencia y Tecnología, pero siempre quedará la sospecha de la reincidencia, la muerte del amor inocente, la pérdida de la confianza ciega en el otro. Algo se ha roto para siempre cuando a uno le pescan con un desconocido en la alcoba y cuando a uno le obligan a jurar que aquello no significa nada y que no volverá a repetirse. En fin, que a la larga no hay monogamia sin incertidumbre.

© 2008 Alejandro Gándara

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