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Etiquetas: Columna, ABC

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Españoles influyentes

Alejandro Gándara

06/1/2003

Se han fijado ustedes en que por estas fechas aparecen listas de individuos (también vascos y vascas) considerados los más influyentes del año. Y también se habrán fijado en que a ustedes y a mí nos discriminan sistemáticamente. De lo que se deduce que esas listas están manipuladas. Por ejemplo, en todas aparecen Aznar y Zapatero, cuya influencia es como mínimo dudosa, a no ser que se entienda por influencia ser el primero entre los que corren detrás del carro de la realidad. Aunque entonces influirían, ciertamente, en los que van por detrás. Para mí ser influyente es que un año después de que se introduzca (nunca mejor dicho) el euro no haya que hacer un anuncio para explicarle a la gente que 50 euros no son cinco mil pesetas. Creo que Aznar hubiera podido influir en eso, dado que en lo del Prestige influyó más Mariano Rajoy y su troupe de técnicos, por decir algo que se me acaba de ocurrir. Así que Rajoy aparece poco en las listas. Zapatero, por su lado, ha triunfado en los muñecones, porque la mano ésa que le sube y baja, y en la que consiste su carácter, la heredó de Felipe González. Diríase que ha triunfado más su lugarteniente Caldera dando clases prácticas y abiertas al público de cómo hacer fotocopias verídicas de documentos falsos. Tampoco anda entre los distinguidos.

En fin, que te das cuenta de que los españoles más influyentes son los españoles que más salen en los periódicos, lo cual levanta sospechas. Quizá lo que han hecho es influir en los periódicos. Si yo fuera periódico, a lo mejor no sospechaba, cosa que puede ser un defecto mío. Aunque cabe que un día de estos me maqueten y me encuentre convertido en diario vespertino, lo que explicaría que no exista.

Yo pienso que la influencia hay que tomársela en serio y que no vale influir un poco o de vez en cuando, o sólo en los periódicos. Pongamos un caso cercano: yo mismo. Un amigo de la infancia se marchó hace diez meses de vacaciones y me pidió que le cuidara al perro dos semanas. Por alguna razón, que sería trágica o sentimental, nunca volví a verle ni nunca volvió a por su perro. Desde entonces, y sin proponérmelo, más bien obligado como un prócer, he influido decisivamente en la vida del can. Y, puesto que acabé echándome una novia para que lo cuidara, el resultado en mi propia opinión es que influí en la vida del perro y en la de mi novia. Podría, desde ese punto de vista, llegar a decir que esas vidas me pertenecen, por encima incluso de mi decisiva influencia.

Imaginen que me fugo y que dejo a la novia con el perro. Tal vez ella no lamentase mi ausencia, pero es probable que el perro diese en la perrera. Ella, haciendo lo que debe, se convertiría a los ojos del mundo en una criminal. Y el perro, sin saber lo que le hacen, convertido en residuos. Eso es influir. Y lo demás, prestigio. Digo, Prestige.

© 2008 Alejandro Gándara

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