Botijos from New York
Alejandro Gándara
29/12/2002
Como todo paleto que se precie, yo también paso mis temporadas en New York. Bueno, de momento he pasado una, pero como todo número prefigura una sucesión me siento con derecho a hablar de "mis temporadas" (por cierto, aquí se utiliza el término temporada como equivalente de una quincena, ya ves). A lo que iba: bien como experiencia. Mucho Ground Zero, mucho Bergdof & Goodman, mucha limusina Lincoln..., y mucho político español. Esto último no me lo esperaba yo tanto como los rascacielos, obsérvese el lado paleto mencionado más arriba. La tradición, por lo visto, es desfilar por la Gran Manzana presentando y exponiendo cosas que generalmente a los neoyorquinos les afectan tanto como los biorritmos del botijo, pero que a los de tu consistorio, partido judicial o comunidad autónoma les deja el alma como después de una abducción. A tal propósito, el consistorio, el partido judicial o la comunidad autónoma emplean entre diez y cien millones de las antiguas pesetas, equivalente a lo que los presupuestos habituales de cultura se gastarían en propinas y aguinaldos, de otro modo no se comprende. Aunque los de allí no se enteren, en los de aquí causa gran conmoción. De lo que se deduce que es esto lo que se busca. O sea, que estamos ante electoralismo encubierto, autopropaganda, solo de tambor para los propios oídos a cuenta del público tributante. Dicho de otra manera, cuando lean que alguien está haciendo no sé qué en Nueva York, ustedes sospechen y saquen la calculadora. Por el dossier de prensa no se preocupen, porque está en el periódico que leen todos los días y que, aunque le digan lo contrario, no es una sucursal del New York Times. Además, en el New York Times son muy perezosos para estas cosas.
Incluso cuando hay asuntos intelectualmente superiores al botijo, el apremio de la vanagloria y del reconocimiento aldeano acaba por matarlos, como sucedió con Las edades del hombre, exposición llevada por la Junta de Castilla y León al costado de una iglesia, eso sí neoyorquina, en vez de llevarla al Metropolitan, su lugar natural. Pregunten por resultados y costos si ven que los Reyes no van a traerles algo más entretenido.
A lo mejor todo esto es el resultado de la globalización política: antes, para ser munícipe de Villarejo tenías que hacer campaña en Villarejo y acaso alrededores, mientras que ahora la vida te obliga a empezar con un mítin en Boston. Ciertamente, un candidato español ha de sentirse más libre hablando para gente que no le escucha y no le entiende de otro país, que para gente que no le escucha y no le entiende de su propio país. Quizá resulte también más ansiolítico. Todos tenemos derecho a terapia. Cabe incluso la posibilidad de que cuando se generalicen los vuelos a la Luna las campañas electorales se hagan con escafandra y encima de un cráter. Lo que proporcionará su verdadera dimensión a la cosa.