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Etiquetas: Columna, ABC

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Señorito y pop star

Alejandro Gándara

25/11/2002

De un cierto tiempo a esta parte, vengo observando en el gremio de escritores -o sea, en una generalidad profesional, no en la totalidad empírica, aunque le falta un pelo-, una conducta llamativa a fuer de extrambótica que me veo en la obligación de delatar (ya que yo pertenezco al gremio). Se trata de que uno llega a los sitios invitado a conferenciar a mil euros la media hora (hoy las conferencias de una hora están mal vistas por el patrocinador) y se comporta como un cuatrero por el que la orden de busca y captura no ofrece una recompensa a la medida de sus méritos criminales (en su propia opinión). Es decir, llega al sitio, mira en derredor, fuese y no hubo nada: ni conferencia, ni texto escrito, ni apariencia de esfuerzo, ni intención de decir algo sobre el tema. Diríase que con su sola presencia el tema queda agotado, el texto se escribe por sí solo y la concurrencia inoculada de saber. En cuanto a él mismo, nada más modesto: con un poco de agradecimiento por haber trasladado su figura al lugar de actos, queda satisfecho (siempre y cuando el restaurante donde le agasajen convenga en méritos a los suyos propios que, aunque ayunos, exigen de los otros rellenar su panza de aciertos exquisitos).

Antiguamente -y hoy en día más que antes- al señorito le placía la contemplación de la viña, observar al jornalero y darle paternalmente el pasaporte a la miseria, mientras se convencía de que los racimos corrían a su encuentro y se juntaban allí sólo para verle pasar. Al señorito le contempla la madre tierra y sus excrecencias bajo forma de individuos humanos. Nada existe fuera de él y cuanto procede de los otros es mero accidente, molesto algunas veces, inoportuno las más. Dado que la cultura actual no consiente ya esos modos si son dados en contexto agropecuario, los ha trasladado a las estrellas del pop (del rock o de las pantallas) que, con menos obstáculos sociales, pueden hablar de sí mismos en tercera persona y divinizarse ante un auditorio más pasado de vueltas que el caballo de un tío-vivo. El señorito escritor aspira a esta semblanza de pop star, anidada su alma de venerados sentimientos de cacique que se sabe rodeado de deudores, de gente sin tierra ni pan cuyas manos han encallecido por el aplauso más que por escarbar el polvo. Un idiota más en este mundo de inopias.

Lo más curioso es que no hay otra forma de ganarse el respeto y que nadie es más codiciado que quien veja y desprecia. Para ello se necesita menos valor del que parece: sólo se precisa poseer el alma de la chusma imaginaria a que se ofende y serle fiel a esa imagen de humanidad destripaterrones. Como el que más y el que menos aún conserva la vergüenza de trabajar con sus propias manos, le cuesta poco agacharse ante unas manos impolutas y pedir su bendición. Por lo que a un servidor se refiere, un día de éstos tendrá un serio altercado. (Hasta ahora sólo fueron amagos).

© 2008 Alejandro Gándara

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