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Etiquetas: Columna, ABC

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Malas noticias del mal

Alejandro Gándara

18/11/2002

Por el correo electrónico llegan velozmente los virus, por el teléfono móvil llegan las noticias acuciantes del trabajo, por televisión no cesan los dramas domésticos y los de millones, la radiofonía es un constante empalme de conflictos y de corrupciones, la primera página de los periódicos es una invitación al llanto para comenzar el día, el correo tradicional sólo ha quedado para las malas noticias del banco o de la agencia tributaria, de modo que cada vez que suena el móvil o enciendes la televisión o recibes una carta ya no puedes hacerlo sin sobresalto, sin temor anticipado.

La comunicación y sus tecnologías han vuelto el mundo raudo, deslizante, pero, a tenor de lo que hemos visto y sentido hasta ahora, las autopistas de la información y los puentes aéreos de la comunicación han servido preferentemente al mal, a la desgracia, a lo terrible, que antes llegaba paso a paso desde el confín del mundo o desde el confín de la sucursal bancaria y ahora llega como un bólido hiperespacial. Muchas veces tienes la sensación de que no ha llegado de ninguna parte, sino de que ya te estaba esperando en casa. Y es que, además, la propia casa ya no es un lugar resguardado del mundo, sino infectado por él. El hogar es un denso cableado de terminales por los que circula el espíritu doméstico, como un antiguo dios lar hecho de partículas y de ondas que trasiegan sin descanso en el viejo domicilio de la paz y los afectos predecibles.

El mal o la simple desgracia o la simple mala noticia nos siguen hasta el tresillo o hasta el futón, y el sueño ya no es una reparación de la vigilia, sino un resumen y un montaje de las imágenes apabullantes de la jornada. Así que cada vez nos levantamos más cansados.

Los individuos, los hogares y las ciudades siempre se habían protegido del exterior, porque el exterior eran los bárbaros que desconocían las leyes y los pactos, y obedecían al mandato de conquista y destrucción. Primero cayeron las murallas, luego cayó la puerta de la casa y ahora están embistiendo contra las paredes de la conciencia. Ya nos pueden cazar en cualquier parte, incluyendo en el subconsciente y en la zona REM, pero también aunque escapemos al monte o nos volvamos invisibles.

Hubo un tiempo en que se dijo que la televisión y sus derivados podrían ser utilizados para una nueva pedagogía. Así ha sido, desde luego. Aunque para una pedagogía de los malos sentimientos y de la indigencia intelectual y moral. Hay que llegar de una vez a la conclusión de que las cosas que sólo sirven para empeorar están mal ellas mismas y no tienen justificación. La sensación de asedio, de busca y captura que producen las tecnologías de la información y de la comunicación -camufladas bajo sus mitos de transparencia y democracia- hacen dudar seriamente del camino emprendido. En cambio, los Estados Unidos no dudan nada. Ya disponen de una agencia estatal de cazacabezas.

© 2008 Alejandro Gándara

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