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Etiquetas: Columna, ABC

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Qué tragas y quién eres

Alejandro Gándara

11/11/2002

Como sea verdad eso de que somos lo que comemos, los televidentes, por poner un caso, serán un híbrido entre un papamoscas y un Jack el destripador, o sea, monstruos. No digamos lo que será un apasionado del parlamentarismo o de las leyes de reforma de la enseñanza. Lo que pasa es que el acto de comer no es tan sencillo. Era sencillo en la época de los cazadores recolectores, cuando zampabas lo que pillabas y después seguías camino. Ahora hay que tener en cuenta otras cosas. Por ejemplo, qué haces con el envase y si has calculado bien la gasolina hasta el centro comercial para valorar el coste final de las promociones de otoño. Alguien que come, hoy en día, va dejando un rastro de pequeños desperdicios, de ondas telefónicas, de combustible quemado en un aire en el que se miden los índices de plomo. Además, siempre vuelves al mismo sitio, en vez de seguir camino. Lo que quiero decir es que cuando comemos alimentamos la industria del reciclaje, la telefonía móvil, el empleo ecológico y la teoría de sistemas complejos, y que todo eso se nota en el sabor de la papaya que te estás llevando a la boca. Ésa debe de ser la razón de que la fruta ya no sepa como antes, ni el pollo tampoco.

El proceso alimenticio del espíritu quizá sea parecido, de modo que cuando te llevas un Pérez Reverte a la sesera estás impulsando la industria cinematográfica, los transportes urbanos, la deforestación y la supervivencia de los grandes grupos editoriales que sólo venden al por mayor (y si llamas para contarlo, también apoyas las comunicaciones civiles). Pero aquí las cosas son algo diferentes. Mientras que muy pocos seres humanos comen más de tres veces al día -y algunos tres días al año-, casi todos los habitantes del planeta están al borde de morir de hartura a cuenta de la televisión, los periódicos y lo que les mandan en clase, dejando aparte la play station, internet, el chat por el móvil, el cine, las máquinas de marcianos, el cotilleo vecinal, la correspondencia con el banco y las pantallas digitales del metro. Puede que también funcione el principio de que somos lo que comemos, pero comemos tanto y de tantos platos que no hay quien averigüe lo que somos.

A tu hijo le mandan La celestina en el instituto, al llegar a casa se pone a ver Los Simpson, luego echa una partida en la play, estudia durante dos horas los sistemas de regadío más comunes y las ecuaciones de primer grado, se conecta a internet y termina el día yéndose al centro comercial para ver una exposición de coches de segunda mano y la película Dragón rojo. A la vuelta os ponéis a hablar de solidaridad doméstica, dado que él no ha hecho su cuarto en todo el día, y descubres que no estás seguro de con quién hablas, a tenor de las caras que pone. Y te preguntas adónde habrá ido a parar lo que ha comido, qué ha digerido y qué queda por digerir, y si su sistema de consumo y reciclaje no habrá producido industrias derivadas y sectores secundarios que jamás llegarás a conocer.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres