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Etiquetas: Columna, ABC

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Texto abierto, cabeza hueca

Alejandro Gándara

28/10/2002

Hará diez o doce años que dejé de entender a la gente. No me refiero a los árabes y a los israelíes, ni a las grandes cuestiones ontológico-morales: me refiero a la gente, que no la entiendo. Y aquí entran los cónyuges, el panadero, los alumnos y los seres ilustres. Por qué me estará pasando esto, no tengo ni la menor idea, a pesar de que la he buscado con ahínco. Anticipo que el médico de cabecera -que es uno al que le gusta Torrelodones, de donde soy vecino- me ha mandado al monte con el perro y no me ha regalado un mal volante para visitar, por ejemplo, a un especialista en abducciones. Pongo un caso.

Escucho decir a Edward Said, catedrático de Literatura Comparada (para qué) y Premio Príncipe de Asturias (y yo qué), que no hay que leer los libros como si fueran textos cerrados, sino como abiertos a múltiples significados (lo denomina lectura dinámica). Y que -en consecuencia (de él)- no hay que dejarse intimidar por la autoridad. O sea, por la autoridad del libro, entiendo yo. Con lo que a mí se me ocurre lo siguiente. Que si los textos no hay que leerlos como si estuvieran cerrados, lo mejor sería que no se cerrasen, y en vez de venderlos con páginas numeradas, con principio y final y pegados con cola, que los vendieran a cachos, estilo puzzle holandés, o que el librero tirase al aire las páginas y el lector tuviera que leerlas en el orden en que las va cogiendo del suelo. Y si al autor, cuando se entere, le da un ataque, pues que deje de escribir y de gastarle el litio a la Seguridad Social. Lo de no dejarse intimidar por la autoridad a mí me gusta. Lo que pasa es que yo lo asocio más bien a los guardias de tráfico o a Putin que al papel impreso, la verdad sea dicha. Es cierto que los libros a veces dan miedo, sobre todo a partir de las cinco mil pelas, o cuando les dan el Premio Planeta, pero hay que sobreponerse como diría Rilke (uno al que si le hacías un significado múltiple te daba una yoya que te dejaba mirando a Cuenca).

Recuerdo que en las memorias de Svetan Todorov, el hombre se quedó aterrado cuando llegó a los Estados Unidos y se encontró con este ambiente dinámico, múltiple y anti-intimidatorio en el que podías decir cualquier cosa de un texto y luego encontrabas la paz interior (a traducir por una relación de igual a igual con los ingredientes de la hamburguesa, múltiples, como se sabe, y en ocasiones hasta dinámicos). Todo esto pasaba, como cabe suponer, porque a Todorov le habían dado un baño unívoco de realidad en Rumanía y porque cuando a uno le dan baños unívocos de realidad la interpretación múltiple le parece limpieza en seco pero con los nudillos.

Sin embargo, todo tiene sus ventajas. A la hora de escribir ya no tienes que preocuparte de lo que dices, sino de qué dirán. Y si nadie encuentra sentido a lo que escribes, no has fallado tú, sino el ambiente, que es poco dinámico. Por lo demás, si tienes un pensamiento, escóndelo: no intimides. Y si intimidas, ten cuidado, que te quedas sin Príncipe de Asturias.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres