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Etiquetas: Columna, ABC

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Adiós a los libros

Alejandro Gándara

21/10/2002

Una vez que ya está en el ánimo de todos que la cultura de la imprenta se extingue, bien entre sollozos, bien entra bostezos, no estaría de más explicar si merecen más la pena los bostezos o merecen más la pena los sollozos.

Desde principios del XX, pero sobre todo a partir de la Segunda Guerra Mundial y sobre todo en Francia, los programas oficiales de educación se decidieron por el libro como modelo pedagógico. No se trataba tanto de impulsar una alfabetización popular y de extender una cultura hasta entonces restringida como de socializar y de integrar en los cánones de la razón instrumental a toda la población útil (para ser socializada e integrada). Lo paradójico es que esos programas colectivos y oficiales explotaron precisamente cuando la cultura occidental o de la imprenta experimentaba una crisis sin precedentes (como dicen todos los días en el telediario a propósito de cualquier crisis). Las guerras mundiales habían demostrado que el libro (y menos todavía la alta cultura) no nos salvaba de nada: que con la música de Wagner se podían bombardear, impasible el ademán, lo mismo un suburbio londinense de los años cuarenta que una aldea vietnamita de los años sesenta, y que los textos de Nietzsche sirven igual para un roto que para un descosido. La gente se ha matado más que nunca en el apogeo de los conocimientos artísticos y librescos. ¿Gracias a ello o a pesar de ello, o ni una cosa ni la otra? Según gente como Levi-Strauss, McLuhan y David Olson, gracias a ello. La cultura de la imprenta es una cultura totalitaria cuyo objetivo último (es decir, el primero) es la dominación. Personalmente, estoy convencido de ello. Un libro es un aparato de autoridad y de devastación si no va acompañado de su cohorte legítima, a saber, de una paideia y de un proyecto civilizador. Curiosamente, el libro no remonta tras la segunda gran guerra a causa del nacimiento de un proyecto de estas características, sino a causa de que no hay nada más. No solamente Dresde quedó en ruinas, también se habían esparcido por el solar del espíritu de occidente las otras piedras, machacadas por las bombas y las páginas.

Últimamente (o sea, desde el siglo XVI), suele decirse en defensa del libro que es lo único que guarda nuestra memoria, y que de nuestra memoria aprendemos a no repetirnos. Algo que es completamente falso. Cuando se escribe, se fija y ya podemos prescindir del recuerdo. Los pueblos alfabetizados tienen la mitad de memoria que los pueblos preliteratos, de lo que debería sacarse alguna conclusión. Si uno escribe, es para olvidar. Se supone que lo tienes (impreso, ojo a la palabra) en algún sitio y que puedes encontrarlo cuando quieras. El problema es que se te olvida ir a buscarlo. ¿Quién te recuerda que tienes que buscarlo o quién te recuerda que lo necesitas? ¿Sabes acaso qué tienes que buscar o qué necesitas? Respondiendo a esto, lo demás queda respondido.

© 2008 Alejandro Gándara

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