Sobre la felicidad
Alejandro Gándara
21/6/2004
Para los antiguos la felicidad consistía en que los días fueran iguales unos a otros, y tal vez nosotros seamos también un poco antiguos. La diferencia con los antiguos es que ellos no necesitaban pasar por el quiosco para saber que el ayer y el mañana, con el hoy de por medio, eran idénticos. Abrían las ventanas, oían a los pájaros, se daban un paseo por la plaza y si las cosas seguían igual se daba por sentado que nada había cambiado. A nosotros nos lo tienen que decir. Quizá no nos fiemos del todo de nuestros sentidos, o quizá nuestros sentidos los hayamos delegado en el periódico, en el telediario o en la red. O puede que no tengamos de eso, ni nosotros ni los noticieros, pero la necesidad siga siendo la misma, una imperiosa exigencia de inmutabilidad.
Por un lado, la ideología dominante se empeña en afirmar que el mundo es muy grande, que va muy rápido y que si una mariposa mueve las alas en Pekín, aquí no hay trasvase del Ebro. Por el otro, día tras día se nos cuenta lo mismo y nosotros contamos lo mismo, como si todos, a pesar de todo, nos moviéramos en el margen de la realidad aceptada, allí donde todo es cambio, contraindicación o efecto. Mientras imaginamos el mundo como un lugar convulso, intransitable y opaco, nosotros nos sentamos en el café, con el croissant y el capuccino, y nos obcecamos en desentrañar las noticias que ya habíamos leído ayer, la semana pasada o el año pasado como si acabaran de suceder, aunque en el fondo sepamos que no hay nada que desentrañar, porque es lo mismo de siempre. Y es lo mismo de siempre, porque ese es nuestro placer verdadero y acaso único.