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Etiquetas: Columna, ABC

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Sobre la felicidad

Alejandro Gándara

21/6/2004

Así que con la eliminación de la selección española de fútbol de la Eurocopa todos nos levantamos de la resaca pensando lo mismo: esto es lo de siempre. Fuimos a comprar el periódico y el periódico decía lo mismo que pensábamos: esto es lo de siempre. Uno de los diarios deportivos llenaba su primera página con las palabras que nos rebotaban en el cerebro: "Lo de siempre". A muchos la pena les habrá llevado a reflexionar sobre la grandeza y miseria de nuestro fútbol, a mí en cambio me llevó a reflexionar en general, ya ves. Porque si uno se fijaba en las noticias de la jornada, las noticias de la jornada eran también lo de siempre. Que Estados Unidos no quiere soltar a Sadam, que Pasqual Maragall estaba enredando un poco, que el PP seguía en desacuerdo con algo, que la educación va de mal en peor, etc. Y ello me sugirió la idea de que en este mundo en realidad ya no hay noticias. Las noticias son cosa del pasado, porque en el fondo ninguno de nosotros queremos ya noticias. No se trata de que los periódicos no quieran darlas, sino de que los periódicos suelen dar a sus lectores lo que desean, y los lectores no deseamos noticias. Los lectores deseamos lo de siempre. Y lo que más nos gusta de todo es irnos a la cama pensando que la selección española anda como siempre y que al levantarnos los periódicos lo digan.

Para los antiguos la felicidad consistía en que los días fueran iguales unos a otros, y tal vez nosotros seamos también un poco antiguos. La diferencia con los antiguos es que ellos no necesitaban pasar por el quiosco para saber que el ayer y el mañana, con el hoy de por medio, eran idénticos. Abrían las ventanas, oían a los pájaros, se daban un paseo por la plaza y si las cosas seguían igual se daba por sentado que nada había cambiado. A nosotros nos lo tienen que decir. Quizá no nos fiemos del todo de nuestros sentidos, o quizá nuestros sentidos los hayamos delegado en el periódico, en el telediario o en la red. O puede que no tengamos de eso, ni nosotros ni los noticieros, pero la necesidad siga siendo la misma, una imperiosa exigencia de inmutabilidad.

Por un lado, la ideología dominante se empeña en afirmar que el mundo es muy grande, que va muy rápido y que si una mariposa mueve las alas en Pekín, aquí no hay trasvase del Ebro. Por el otro, día tras día se nos cuenta lo mismo y nosotros contamos lo mismo, como si todos, a pesar de todo, nos moviéramos en el margen de la realidad aceptada, allí donde todo es cambio, contraindicación o efecto. Mientras imaginamos el mundo como un lugar convulso, intransitable y opaco, nosotros nos sentamos en el café, con el croissant y el capuccino, y nos obcecamos en desentrañar las noticias que ya habíamos leído ayer, la semana pasada o el año pasado como si acabaran de suceder, aunque en el fondo sepamos que no hay nada que desentrañar, porque es lo mismo de siempre. Y es lo mismo de siempre, porque ese es nuestro placer verdadero y acaso único.

© 2008 Alejandro Gándara

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