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Etiquetas: Columna, El País

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Le llamaban presidente

Alejandro Gándara

01/9/1989

Era un niño sensible, alegre, generoso, el típico crío que hace salivar a los padres como verdaderos mamíferos. Por su parte, ellos le habían dado lo mejor que tenían y de una forma ordenada: un colegio liberal y de pago, curiosidad por las cosas y un cariño persistente. Respecto a lo político, en casa eran de izquierdas y democráticos. Jamás votaron al PSOE. En fin, el decorado de su vida estaba dispuesto para protegerle de desvaríos que no hubiera elegido, digamos, libremente.

Por desgracia para este objetivo pedagógico, y para cualquier otro también, el mundo está lleno de cosas que tienen su propia pedagogía y que mandan más que los planes domésticos. Por ejemplo, está lleno de comunidades de vecinos: consorcios no por casuales menos peligrosos. Nadie sabe bien la cantidad de instintos que se liberan en estas sociedades, dueñas de un espacio mínimo pero administrado al máximo. Puede que todo ello tenga que ver con la lógica pasión del propietario cuyo cerebro está generalmente atestado por sueños de propiedad y de orden, o tal vez con alguna clase de hipertiroidismo político que se escapa por ese lado. El caso es que funcionan como un rijoso estado burocrático con cuyas decisiones hay que tener el menor contacto posible. Y, desde luego, no cometer la torpeza de alquilar una vivienda en un bloque donde todos son propietarios menos el que llega. Ahí se puede morir.

Los padres del muchacho habían cometido esta torpeza, pero como buenos demócratas aguantaron al pie del cañón lo que se les vino encima. «Decisiones de la mayoría», decían los incautos. La primera infancia del chaval transcurrió entre toda clase de prohibiciones insensatas: no jugar en el césped, no llevar amigos al jardín, no pelearse con globos de agua, nada de fútbol, prohibidas las pipas, no sentarse en el umbral, etcétera. Cada día nacían tantas prohibiciones como iniciativas se le llegaban a ocurrir. El aceptaba con tristeza las explicaciones de los padres. Decisiones de la mayoría. Pero le estaban dejando sin salida: la arbitrariedad de los vecinos era tan mostrenca como los argumentos familiares. Su cabeza empezó a trabajar.

En su décimo cumpleaños no pidió ningún regalo. Sólo que compraran el piso. Los padres le compraron un Amstrad. En cualquier momento y con cualquier excusa ya nunca dejó de recordarles que tenían que adquirir el piso. Algunas mañanas, al despertarse le preguntaba a su madre: «¿Ya es nuestro?» La verdad es que el chiquillo lo hacía inconscientemente, con esa falta de planificación a la que llamamos inocencia. El padre, que era sociólogo o algo de eso, empezó a preocuparse por los primeros síntomas de una obsesión. Cuando el muchacho cumplió los quince, ellos se las habían apañado para poder enseñarle al hijo las deseadas escrituras. Curiosamente, el acontecimiento no le produjo una gran alegría.

-Ahora iremos a las reuniones de la comunidad -fue el comentario que salió de su boca.

Los hechos que vinieron a continuación fueron rápidos y sorprendentes. Seis meses después el joven era elegido presidente en una asamblea confusa y silenciosa, de forma unánime. Los padres se quedaron estupefactos, aunque todavía les quedaban cosas por ver. A la mañana siguiente, el macizo de flores de la entrada apareció pelado. El muchacho, desde la verja, arrojaba puñados de pétalos a los transeúntes. Poco más tarde, ante la mirada desolada del portero, removió con una azada el césped de la parte trasera, «para plantar algo», dijo. Luego le llegó el turno al hall, al jardín delantero, a la cabina de la portería, al chopo de los soportales, a la célula fotoeléctrica del garaje. Así, sin darse un respiro, estuvo unas cuantas semanas. Lo curioso es que ya no se le veía contento, sino ensimismado, como cumpliendo una triste obligación o una promesa de otro. Parecía seguir los dictados de un propósito oscuro hasta para él mismo. Los padres estaban demasiado preocupados como para hacer algo. La policía se presentó en casa un domingo. Se lo llevaban por extorsión.

-Tiene amenazados a todos los inquilinos de este bloque. No me pregunte cómo, pero sabe lo suficiente como para amargarle la vida a unos cuantos. El portero no aguantó más y nos informó.

El muchacho los miró con la misma falta de alegría y de tristeza que le acompañaba últimamente.

-¿Tú quieres decir algo, chaval? -preguntó un policía.

-Llámeme presidente -y escupió en el descansillo.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres