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Etiquetas: Columna, El País

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Comando urbano

Alejandro Gándara

01/9/1989

Fue en la época en que había empezado a disfrutar de las cosas. Tenía una casa con jardín compartido, un trabajo por libre pero suficiente, una niña pequeña y un marido con aspecto definitivo: el mundo rodaba como Dios manda. Pero el que ha sido feliz sabe que la felicidad se vive como un asedio, está uno rodeado de desgracia. Y la desgracia acaba entrando por cosas mínimas que se van haciendo grandes como pirámides hasta que se desploman sobre el que un día se llamó afortunado.

-Hay un imbécil en la Caja de Ahorros que sólo sabe poner dificultades -decía al principio.

-Los del paro dicen que si quiero cobrar en agosto tengo que quedarme aquí -dijo después.

-La gente me está amargando la vida. Acabaré por no salir de casa -era su muletilla de la última época.

Algo curioso en las tragedias, individuales o colectivas, es que sólo tienen auténtico valor cuando se producen. Nadie ve el transcurso, cómo se van inflando hasta que explotan, después de miles de días y de miles de indicios. Ella siempre se quejaba del trato con las gentes de oficina. Pero los argumentos eran tan razonables que nadie creía necesario prestarle demasiada atención.

Había. derivado por muchas sucursales bancarias, de ahí salió por cierto el germen de lo demás, y en todas había tenido que sufrir. No le importaba en exceso la estupidez ajena, pero gastaba su tiempo y solía acompañarse de alguna pequeña vejación, de algún mal trato que la disminuía. Sentía esa pérdida de gusto por las cosas que suele seguir al desdén externo e incluso al propio. Al cabo de unos meses, todo su tiempo disponible, y que alguna vez consideró el galardón que merecían sus esfuerzos, se convirtió simplemente en tiempo de tortura, en tiempo para restañar las heridas que le producía la relación con una casta que se había hecho dueña de su vida.

-Pues con el sueldo que ganaba, podía haber ahorrado -le dijo un día el de la oficina de paro, cuando ella solicitó un adelanto para el mes de vacaciones y pretendía saltarse la lógica de cárceles y cuarteles que preside estos establecimientos.

Salió a la calle para llorar. Estuvo llorando hasta la hora de comer. Y, de repente, el llanto se cortó. Pensó que era imposible que hubiera estado llorando tanto tiempo, porque ahora se sentía seca, sin una gota de líquido en el cuerpo, sin recuerdo de ninguna clase de humedad en el organismo. Aquella noche no durmió. Le pareció que la falta de agua en sus tejidos había eliminado la sensibilidad a cualquier cansancio y tal vez a cualquier cobardía. Contempló la respiración regular de su marido, las palmas relajadas de la niña, mientras dormían. Luego caminó hasta el escritorio y se quedó sentada en la tumbona, observando cómo entraba la luna hasta la pared y sacaba un brillo horizontal en la escopeta de caza que tenía enfrente.

A la mañana siguiente, el marido se despertó con la llamada telefónica de un suboficial de la policía. A eso de las nueve. Se presentó en la sucursal de la Caja de Ahorros con el pijama debajo de una chaqueta a rayas.

-Está ahí dentro con una escopeta, apuntando al personal. Uno que ha escapado conocía su dirección. Dígale que deje de hacer tonterías o entramos a por ella. Venga.

El marido atravesó cautamente las dos puertas con cristalera. Algo le decía que todavía estaba soñando. La figura de su mujer asomaba al fondo del corredor, tras una mesa tumbada, con la culata del arma en la mandíbula. Los operarios se distribuían por el suelo, boca abajo y las manos en la nuca. Se acercó a ella con miedo.

-Cariño, ¿qué estás haciendo?

-Se me olvidaron los cartuchos -suspiró.

La vio lívida, con las ojeras marcadas, temblando bajo el peso de la escopeta, que seguía manteniendo a una altura amenazante. También parecía mayor. Quiso abrazarla, no por hacer algo, sino para que supiera que él estaba allí. La desesperación sincera de la mujer, la sintió en forma de solidaridad casi trotskista. Más que marido, era ya compañero de comando. Uno de los administrativos escuchó lo de los cartuchos y dio la alarma. Poco después empezaban a correr hacia la puerta en estampida. Entonces ella apretó el gatillo y sonaron varios clics. El, lleno de ternura, apuntó con el dedo y disparó otras tantas veces, haciendo bang con la boca.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres