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Etiquetas: Columna, El País

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Amores sin prestigio

Alejandro Gándara

01/9/1989

El matrimonio amigo se le quedó mirando con pena, y si no fue pena pudo ser algo brutalmente parecido.

-Pues vente con nosotros -le animaron (eso era lo malo: que le animaban).

-De verdad, quiero quedarme en Madrid -contestó con un sentimiento intermedio entre la heroicidad y el abandono.

-No te vas a quedar solo -y ahora lo intermedio estuvo entre el lamento y la amenaza.

El plan era pasar las vacaciones en casa, rodeado de la ciudad desierta. No tenía grandes proyectos, excepto que, después de un año tumultuoso, deseaba la inmovilidad. Deseaba estarse quieto y ver cómo su libertad se consumía sin agobio. Creía sinceramente que eso le haría feliz. Hasta esa conversación no se había dado cuenta del olor a fracaso que despide cierta clase de determinaciones. Para los amigos era simplemente un desdichado que no se va de viaje por falta de compañía. Alguien que no puede aspirar al rango de los solicitados. Aquel desprestigio lo sintió en la carne, como una bofetada de expulsión escolar.

El matrimonio amigo cumplió la amenaza en vísperas de su excursión anual a algún remoto paralelo.

-Vendrá una amiga -le dijeron en el restaurante, mientras el aire se cargaba de consuelo.

No se atrevió a discutir la encerrona. La seguridad ajena hacía que le fallaran las fuerzas. Además, se sentía vagamente culpable, el estado de ánimo que suele acompañar inconscientemente a los pasos en falso. Pero los acontecimientos son siempre distintos a todo, no digamos a las predicciones. Resultó que la chica que entraba por la puerta del local era la depositaria de una de esas bellezas en las que la gente se pone de acuerdo, una belleza objetiva, de consenso. De la misma manera que la seguridad de los otros tendía a debilitarle, la hermosura manifiesta le desarmaba. Era un tipo solitario. En casos así, lo reconocía.

La primera y fortísima impresión no fue capaz de evitar, sin embargo, una inquietud. Si era tan atractiva como a él le parecía y si reinaba, como tuvo ocasión de comprobar durante la cena, con tanta facilidad sobre el medio ambiente, ¿qué diablos estaba haciendo en la encerrona? Se suponía que los amigos debían obsequiarle con algo que se pareciera a él mismo. Un perfil de oficinista con pretensiones y depresivo en cautividad. Una mujer así no asistía a embrollos como aquél. ¿Tendría rarezas? ¿Sería muy pobre, por ejemplo?

A eso de la madrugada estaban ya solos. Se habían sentado en un banco de la plaza de España y él le había echado por el hombro su chaqueta de salir. No tenía otra y todo indicaba que estaba enamorado. Ella no paró de hablar y a veces le miraba. El desprestigiado contemplaba su nariz al reluz de la luna y su corazón subía lentamente las escaleras del cielo de los desamparados. No obstante, ¿estaría casada, estaría loca?

Pasó la noche buscando la manera de descubrir su defecto. Una pregunta a bocajarro arruinaría el hechizo. Podía esperar, se dijo, mientras la mano con una llave trémula trataba de abrir la puerta del apartamento. Ella encontró el lugar muy agradable e inmediatamente se sintió cómoda. Luego hicieron el amor y a él le sorprendió la entrega de la mujer, la forma en que buscaba los rincones de su cuerpo.

-Es como si te conociera desde hace mucho -suspiró ella al final.

La frase reclamaba un segundo encuentro. Después la muchacha se durmió y el hombre permaneció con los ojos abiertos, mirando el chorro de claridad que se colaba por la ventana del pequeño espacio. La luz nocturna resbalaba por los recodos femeninos con una suavidad de gasa. Estuvo contemplando eso mucho rato. Y sintiendo también una pena enorme por aquel cuerpo tan bello y abandonado que sobrevivía gracias a relaciones como aquélla. Imaginó que vivían juntos. Imaginó los gestos de lástima, de complacencia benefactora del matrimonio amigo y del mundo. «Hemos juntado dos pobres almas», se dirían. Se asomó por la ventana, pero no encontró la brisa.

-Así no merece la pena empezar nada -murmuró. Por la mañana ni siquiera la acompañó hasta la calle, a pesar de que le parecía imposible separarse de ella. La mujer se despidió con un gesto de tristeza aplastante. Y él reconoció en ese gesto todas las cosas que podrían haberles sucedido. La recordaría siempre, eso sí.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres