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Etiquetas: Columna, El País

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Príncipe de la ciudad

Alejandro Gándara

01/9/1999

No era un tipo apocado ni nada de eso. Tampoco es que fuera lo contrario, aunque a decir verdad no lo era en absoluto. O sea, era un hombre de franja media en lo espiritual y en lo estadístico. Alguien que va tomando conciencia de que todo lo que se hace en la vida sirve para convertirle gradualmente en un pobre tipo. La clase de persona, en fin, que podría ser el retrato perfecto de uno mismo.

En un sentido psicológico humildemente descriptivo, tenía el perfil de los que atraviesan crisis periódicas, pero consecutivas, es decir, que las empalmaba. El día en que comenzaron los hechos empezaba a concentrarse en la idea de que había desperdiciado su vida -y de que si volviera a nacer, la volvería a desperdiciar-, cuando escuchó en la calle una especie de alarido que le dejó helado. Se asomó por la terraza y vio a su mujer arrodillada ante un montón de bultos desparramados en el suelo y un coche a un centímetro escaso de su cuerpo. No supo si todo había ocurrido ya o si estaba a punto de ocurrir. Lo que hizo después fue bastante sorprendente, aparte de difícil. El caso es que el tumulto que se congregó en torno a él y su mujer, tres segundos más tarde, sólo tenía ojos para su persona. El accidente o lo que hubiera sido aquello no parecía haberles impresionado tanto como su presencia vertiginosa. Su mujer estaba bien, pero desencajada. Ella también le miraba de una forma rara. Terminó abrazándole con desesperación.

-Por el amor de Dios, te podías haber matado -dijo ella entre sollozos.

-¿Quién, yo? -contestó estupefacto.

-Acabas de saltar de un segundo piso, mi vida.

Se le doblaron las piernas, pero la gente le observaba con admiración y prefirió resistir la tentación de desmayarse. Por la noche, en la cena, los niños le dedicaron todo el silencio y la veneración que provocan los dioses. Por su parte, se había olvidado de la crisis para sentir los latidos de una euforia a punto de desbordarse. Hasta llegó a decir:

-Ya sabéis cómo se debe actuar en estos casos.

-¿Te has vuelto loco? -dijo ella con tal cantidad de cariño que anuló la recriminación.

Durante los tres días siguientes se sintió como un héroe, actuó como un héroe y los demás le rindieron homenajes de héroe. Le gustaba mientras temía que aquel estado olímpico se esfumara. Lo que son las cosas, el destino le ofreció la oportunidad de consolidarlo. Estaban despidiendo, al cuarto día después de los hechos, a unos amigos en la puerta del ascensor, cuando escucharon cómo la puerta de su piso se cerraba tras ellos. Se miraron entre sí y descubrieron que la niña pequeña, una maniática de dieciocho meses por todo lo que tuviera bisagras, se había quedado encerrada en la casa gracias al ejercicio de su manía. Su familia se quedó con la boca abierta y sin llave, en el descansillo de la escalera. Salida a la calle, corro de vecinos y que los cerrajeros no son gremio puntual. La niña, en caso de que ya no le quedaran puertas, siempre podía optar por los enchufes o el paracaidismo doméstico. Animado por la gesta anterior y ante la comprobación de una ventana abierta en la cocina, el héroe de la vecindad trepó por el canalón, se escurrió con un movimiento de gato en la cocina y, tras asegurarse del buen estado de su cachorro, abrió la puerta al grupo enfervorizado de testigos.

Esta proeza tuvo como mérito nuevo la consciencia. Con ella, más la proximidad de la hazaña anterior, diríase que terminaría por consolidar una reputación. Hubiera podido vivir feliz con ese aura y un trabajito de vez en cuando. Pero en el fondo era un prestigio elemental y, sobre todo, muy cansado, para poca conversación. Sólo había demostrado que era capaz de trepar o pegar saltos cuando las circunstancias lo exigían. Metido como estaba en el camino de la gloria se le ocurrió, como a todo el que le resulta difícil vivir con lo que tiene, añadir alguna habilidad de la inteligencia a su reputación de hombre bravo.

Estuvo pensando un tiempo y luego tomó la decisión. Estudió, hizo las compras necesarias y se ocupó en algunos entrenamientos. Una semana más tarde se las arregló para dejar encerrada a la hija pequeña. Esperó a que se armara el revuelo de la otra vez y cuando todo el mundo presumía una nueva escalada por el canalón, él se limitó a sacar un papel de lija del bolsillo y hacerlo correr por el ajuste de la puerta con la maña necesaria para que saltara el pestillo. Su mujer se le quedó mirando, eso sí. Pero a los demás sólo les faltó aplaudir. Y él se sintió admirable, completo, como un príncipe auténtico. El príncipe de la ciudad.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres