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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país. Los Goya

Alejandro Gándara

18/2/1996

Hay algo hipnótico en la ceremonia anual del cine español (en la que se reparten cabezas como premio) que deja en el espectador, cuando despierta, una extrañeza psicótica. Para empezar, las cámaras plantean un paisaje de cientos de butacas atestadas de esmóquines y vestidos de cóctel enfrentadas a un megaespacio lunar, allí donde se esperaba la modesta representación de una industria remendada, pero limpia, como decían los abuelos. Hay una multitud estelar donde la realidad estadística parecía indicar una familia numerosa de clase media. En la ceremonia de los Oscar en Hollywood, de donde viene el trasplante, el interior y el exterior tienden a dar la impresión de todo lo que ha quedado fuera. Aquí se tiene la impresión de que ha habido una redada y de que a los detenidos se les ha condenado a cumplir un arresto nocturno de etiqueta.

El megaescenario, a su vez, entre luces selenitas, parece una promesa astral. Sin embargo, se transforma en un patio costumbrista. El guión de la ceremonia se basa en una risa prescriptiva. Los presentadores tienen que hacer reír y los invitados del proscenio han de conseguir que en las butacas se tronchen. Pero detrás de la página escrita de los guiones suele aparecer también la cara en blanco de la realidad que no se escribe. En Hollywood tienen motivos para reír. Después de todo, la industria les va bien y la risa es un resultado expresivo de la prosperidad. Aquí, la risa es un acto de valor. Y la risa como sustituto de palabras con sentido es un recurso del patetismo popular: canto por no llorar. De forma que los chistes se traban, los protagonistas descreen, la escena se sobreinterpreta y los desesperados sacan el viejo arsenal de la gracia hispánica que nos reinserta en el territorio vecinal del que nos habíamos salido.

© 2008 Alejandro Gándara

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