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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

28/4/1996

Siempre me ha repugnado el deporte. Desde mi punto de vista no ha sido más que una exaltación de la medicina preventiva, de la profilaxis y del culto esquizofrénico del cuerpo, a categorías existenciales. Se mire por donde se mire, su explosión popular desde hace dos décadas ha sido proporcional a los chequeos sistemáticos, a los rayos UVA y al prêt-à-porter. Esto último tiene que ver con los disfraces y lo anterior también. A estas alturas es imposible imaginarse a un tipo corriendo por Arturo Soria o subido en una bicicleta camino de Colmenar Viejo, sin sentir que nos deslumbran sus pantys de azafrán, sus camisetas anatómicas radiantes y sus cascos, muñequeras y zapatillas diseñados por un visionario de la NASA. Al principio, pensé que a la gente no le interesaba el deporte tanto como salir disfrazado de casa. Después, me puse más profundo y deduje que de lo que se trataba era de disfrazar la muerte. Algo así como salud y eternidad a la moda.

Desde el tétrico mensaje lanzado por La Revista he cambiado de parecer. Ahora que sé que hay más posibilidades de muerte súbita entre algunos practicantes de deporte que entre el resto de la población. Yo mismo me he lanzado a la calle sin que me importara el lamentable estado de grosor en que me encuentro, ni la penosa imagen que ofrecen al público mis pernezuelas cortas y mi culo almohadillero. Un aura diferente envolvía ahora al deportista esporádico. El aura del que valientemente se enfrenta a su destino sin perderle la cara y que siente la presencia de la muerte como un aliento en la nuca. Entre una vida que concibe el mundo como una eternidad profiláctica y una muerte a pecho descubierto, tenía claro el sentido de mis preferencias. Me imaginaba trotando solo por las calles de las que los cobardes ya habrían desertado, ante la mirada aprensiva de miles de transeúntes. Estuve corriendo durante casi siete minutos y después boqueando tres cuartos de hora. Las aceras estaban atestadas de corredores y en la carretera había atascos de bicicletas. Lo peor era que, al pasar, me saludaban.

© 2008 Alejandro Gándara

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