Otro país
Alejandro Gándara
28/4/1996
Desde el tétrico mensaje lanzado por La Revista he cambiado de parecer. Ahora que sé que hay más posibilidades de muerte súbita entre algunos practicantes de deporte que entre el resto de la población. Yo mismo me he lanzado a la calle sin que me importara el lamentable estado de grosor en que me encuentro, ni la penosa imagen que ofrecen al público mis pernezuelas cortas y mi culo almohadillero. Un aura diferente envolvía ahora al deportista esporádico. El aura del que valientemente se enfrenta a su destino sin perderle la cara y que siente la presencia de la muerte como un aliento en la nuca. Entre una vida que concibe el mundo como una eternidad profiláctica y una muerte a pecho descubierto, tenía claro el sentido de mis preferencias. Me imaginaba trotando solo por las calles de las que los cobardes ya habrían desertado, ante la mirada aprensiva de miles de transeúntes. Estuve corriendo durante casi siete minutos y después boqueando tres cuartos de hora. Las aceras estaban atestadas de corredores y en la carretera había atascos de bicicletas. Lo peor era que, al pasar, me saludaban.