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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

12/5/1996

Todo indica que el sistema americano de vida se nos viene encima con todo. La idea, tal como se expresa generalmente, se presenta en la imaginación como un alud, como algo aplastante e indudablemente externo. Los hay que están encantados y los hay que protestan enérgicamente, pero en los dos casos hay sepultamiento. En lo vulgar, los USA son comida rápida, venta al por mayor, cantidad como criterio y estructura mental de chalet adosado. Todos esos campos se unifican además con el lenguaje del dinero, o lo que es lo mismo, con el lenguaje de la rentabilidad y del intercambio. Puede añadirse una atmósfera de cultura masiva, de mensajes planos y de consignas digeribles. En la catástrofe de Waco, en la que se autoinmoló una comunidad de davidianos tras 51 días de asedio por parte de la policía federal, pudo verse, en un plazo de pocos días, cómo se establecía en los alrededores una compañía de vendedores ambulantes que despachaba camisetas y otras clases de sortilegio, cómo el alcalde de Waco admitía los beneficios de imagen que les había reportado la matanza y cómo el sociólogo del pueblo empezaba a exportar sus mejores tesis sobre el asunto. En Europa esto repugna, porque Europa es diferente.

En realidad, lo que nunca se admite es que una cultura no es producto de una decisión colectiva o que una cultura no llueve del cielo, sino que una cultura se hace. Europa, que es un continente culpable, trata de quitarse la culpabilidad de en medio apelando a la invasión. Los grandes detractores europeos de la cultura made in USA sólo miran de lejos lo que pasa en sus propios países, porque si mirasen, se darían cuenta de que estamos siguiendo el mismo camino sin necesidad de que nadie nos eche una mano. Los reality show, la conversión de todo en espectáculo, los criterios de cantidad, el lenguaje del dinero, la reducción del pensamiento a simples consignas, el destino publicitario de toda comunicación de masas, tienen producción autóctona. Podemos prescindir de la mirada transoceánica.

© 2008 Alejandro Gándara

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