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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país. Guerra sucia

Alejandro Gándara

05/11/1995

Según informaron al planeta, la Cumbre Iberoamericana de Bariloche se centraría este año en la Educación. Las fuentes diplomáticas lo justificaron diciendo que hay una relación muy estrecha entre Educación y Progreso. De tal modo, resultó que en el comunicado final de la Cumbre de los diecinueve países tras rodear un poco por el comunismo de Cristo y otro poco por la Biodiversidad se llegó a conclusiones sobre el bloqueo estadounidense a Cuba, sobre economía universal iberoamericana, sobre política universal iberoamericana, sobre reforzar los lazos internos y quedar para el año que viene y, finalmente, en ocho líneas, sobre el asunto aquel de la Educación. La conclusión era breve, pero rotunda: se había descubierto una relación muy estrecha entre Educación y Progreso. Lo que pasa en las cumbres también pasa en las llanuras. Lo auténticamente ibero y popular es disimular con la política los daños del alma. Mientras nos concentremos en Conde, Perote y los GAL, no sufriremos por una educación superior podrida y degradada hasta extremos de pureza y tradicionalmente inspirada en el funcionamiento de la Administración del Estado; por una enseñanza media obligatoria de calidad muy sufrida, pero muy modesta; porque la Cultura se instale en un ministerio y la Educación en otro lo que hace sospechar que una cumple misiones de espectáculo y relaciones públicas y la otra se ha especializado fatalmente en negociaciones corporativas ; porque la oferta brutal de programaciones culturales encubra la negativa a ofrecer un aprendizaje riguroso en otro lado; o por estar en un país donde un licenciado en el mercado laboral es, como mucho, un técnico medio o un capataz resentido. Esto también es guerra sucia. Las cumbres iberoamericanas dan bastante miedo, porque ahí, en vez de aparecer cada uno como si fuera diferente, aparece cada uno multiplicado por sí mismo diecinueve veces. Todos voceando en el universo y todos escondiendo el alma desconchada. El legado ibérico podría no ser otra cosa que un arsenal de medios para hacerse la guerra sucia a uno mismo.

© 2008 Alejandro Gándara

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