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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país. Pulp Art

Alejandro Gándara

12/11/1995

Lo pulp es, tradicionalmente y en anglosajón, la ficción concebida desde el punto de vista del quiosco de ferrocarril. Una lectura barata y entretenida, cuya lógica existencial consiste en matar el tiempo. (Con lógicas existenciales así, no hace falta morirse). Con todo, Faulkner, por ejemplo, ya se dio cuenta de que esto había que pensarlo más allá de un entretenimiento socorrido. De hecho, si conseguía entretener, sería por algo. En la pulp fiction, el villano asesino aparece en primer plano como auténtico protagonista, mientras el justiciero es un diseño esquemático de los valores consabidos. Lo atractivo se deposita en ese ser irregular, malformado físicamente, consciente de su perversidad y, no obstante, convencido de que tiene razón. La justicia le derrota finalmente, pero sin haberle convencido. En la Pulp Fiction de Quentin Tarantino, el asunto se simplifica. Se elimina el justiciero, que no pinta nada excepto lo que ya sabemos, y nos adentramos en la vida cotidiana de un par de asesinos. Resulta que los asesinos no tienen ninguna conciencia de estar asesinando y que lo que realmente les preocupa es la profesionalidad y la Biblia. El público se ríe bastante. Supongo que lo irresistiblemente gracioso es imaginarse que uno va a convencer a los protagonistas de que se están portando mal. Este nuevo pulp dice algo interesante: el discurso moral sobre la violencia no entra en la cabeza de los violentos (que no tienen ningún problema moral con la violencia), sencillamente porque no es el suyo. Por ello, cuando uno se encuentra con los sermoneadores profesionales (escritores, periodistas y políticos, a los que también les preocupa la profesionalidad y la Biblia), se pregunta de qué diablos se creen que están hablando y, sobre todo, a quién. La cultura del sermón es repetitiva, narcisista y tranquilizadora: consiste en un soliloquio gravemente entonado y aplaudido, que habla de unos pobres tipos que nunca entienden nada. El hecho de que Louis Farrakhan y ETA salgan indemnes de sus homilías, no parece afectarles. La pulp fiction, por lo menos, habla de los otros.

© 2008 Alejandro Gándara

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