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Etiquetas: Columna, El País

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El corazón es un callejero en blanco

Alejandro Gándara

01/9/1989

Mi mujer me abandonó el sábado durante el vermú y Madrid cambió de golpe. Se desordenó entera. Tardé en moverme, y eso que tenía la seguridad de que una comida podría suavizar el lógico desarreglo del cuerpo. El cuerpo también cambia una barbaridad en estos casos. Seguí en el bar, uno de esos locales desolados donde a uno le detallan todo en lo que ha fallado, ante un repertorio de vasos vacíos. La verdad es que tenía hambre. Cuando vivía con ella, las cosas estaban ordenadas y disponía de un conocimiento sobre lugares y movimientos que me permitía sobrevivir inconscientemente. La única clase de supervivencia soportable. Pero todo eso se esfumó en el instante de la despedida. Lo curioso es que no estaba padeciendo una de esas tristezas que se esparcen por el pecho hasta eliminar el aire. O uno de esos dolores que nacen atrincherados en un ventrículo estratégico del cerebro. Mi padecimiento tenía que ver con el nuevo desorden. Una explosión de desorden, un barullo, no de las emociones, sino de los edificios, las calzadas, los locales públicos y lo demás. Me dejó mi mujer y yo me puse a vivir en otro sitio, es lo que quiero decir.

Pensé que lo más sensato sería actuar como alguien que está de visita, que necesita acompañantes, conversación, guía turístico o folletos, en su defecto. Salí del bar con el propósito de apropiarme de la primera cabina telefónica y marcar los números que llevaba encima hasta encontrar a alguien que me llevara a cenar, me diera después un paseo y, por último, me depositara en casa, confiando en que la persona disponible recordara la dirección. No sé si yo la había olvidado, lo que no estaba era en condiciones de hacer el esfuerzo.

Había cola. Una de esas colas que parecen instaladas al mismo tiempo que la cabina. Una especie de cola imposible. Saqué la agenda para entretener el tiempo y hacer una primera selección de candidatos. Mientras la cola seguía inconmovible, hice un descubrimiento. La persona con quien tenía más confianza y que más veces había respondido a mis llamadas de auxilio, era precisamente ella. Además, puesto que me había conocido y abandonado, comprendería perfectamente mi estado de desorientación. Tendría que insistir en que esta desorientación no era ni mucho menos sentimental, sino estrictamente urbana. Un callejero en blanco. No le costaría tanto entenderlo. Justo en ese momento la cola comenzó su avance. Y cuanto más deprisa iba, más dudas tenía sobre su capacidad de comprensión. ¿Diría que mi llamada era un pretexto? La cola iba disparada. De repente me encontré ante la caja del teléfono, le dirigí una mirada ofendida y me marché. Estaba caminando muy deprisa cuando caí en la cuenta de que no iba a ninguna parte. Plomo en las piernas, una sensación muy mala. Una cosa tenía por cierta, y es que o me dirigía en seguida a algún sitio o acabaría por perder totalmente la memoria de esta ciudad. Tuve la curiosa impresión, en ese momento en que vagabundeé con la vista por el espacio de alrededor, de que la gente corría en todas direcciones. Por comparación, me sentía un difunto expuesto a la visita de unos parientes nerviosos que llegarían tarde a otro sitio. Hubo un instante en que parecía decidido a seguir a cualquiera de ellos y tener al menos la experiencia vicaria de un destino de sábado por la noche. Si me subía a la dirección de alguno de los transeúntes, acabaría depositado en algún sitio, como cualquier ciudadano ocupado.

Tenía la espalda fría. Me despegué del escaparate en que había estado apoyado y en el que alguien ofrecía un sol de cartón y una fotografía de barco por el sueldo de tres meses. No sé de qué forma aquello me convenció de que no tenía sentido seguir en una ciudad que no conocía, a pesar de treinta años de tiempo empleado. Si vengo de otro lado, me dije, lo mejor será que regrese a él. Todo se reducía a marchar a casa y preparar las maletas. Pero para las dos cosas necesitaba ayuda. No podía volver a casa solo ni hacer las maletas solo. Alguien tendría que llevarme y alguien tendría que hacer los nudos, yo no tengo habilidad. Ella era la persona, y tendría que entenderlo. No podía seguir deambulando el resto de mi vida. Saqué la libreta. Después me puse pálido y murmuré:

-Dios mío, si no sé dónde ha ido. Nunca podré marcharme.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres