Otro país. Artistas
Alejandro Gándara
10/12/1995
Hasta hace veinte años los artistas declaraban que ellos creaban mundos, que su papel era el de dioses o demiurgos y, por supuesto, que los resultados tenían vida propia. Era corriente, por ejemplo, escuchar a los escritores decir que, después de haberlo escrito, "el libro tenía vida propia". A los periodistas y a los críticos estas cosas les hacían gracia y hablaban con gran naturalidad del mundo de García Márquez, del mundo de Rothko o del mundo de Visconti.
Después, los franceses decidieron matar a Dios, en una escabechina en la que también cayeron la Historia, el Tiempo y el Significante. Lo de Dios se quedó antiguo y los artistas se pasaron directamente al espiritismo. Cortázar empezó a decir que a veces tenía la impresión de que sus relatos los escribía una mano negra y que otras veces tenía la impresión de que se escribían solos, sin su intervención, como una ouija o algo así, me imagino. Hace poco, un escritor holandés que parecía normal declaró que cuando metía a un personaje en un incendio la decisión de lo que iba a pasar la tomaba el personaje, de forma que a él siempre le sorprendía el final. También recientemente un compositor musical y compatriota llamaba cabrón a Wagner porque le había robado su música. Aquí había algunos aspectos paranormales agudos, relacionados con "presentificaciones" de muertos y tiempos paralelos. El último Premio Nacional de Poesía conminó a que se abrieran las ventanas para que a la poesía le dé el aire de la calle. Nunca me había imaginado a la poesía en plan inquilino y teniendo hábitos insalubres. Espero que, por lo menos, la casa sea suya. Sólo faltaría que esta columna se vaya de copas por las noches y el domingo los lectores se la encuentren borracha.