Otro país. La judicialización
Alejandro Gándara
24/12/1995
Lo cierto es que nadie acude, en estas ocasiones, al María Moliner o al Covarrubias. Debe de ser porque la gente lo que quiere son sentencias al más alto nivel y ya está cansada de ver pasar los pleitos de un juzgado a otro, de un tribunal a otro y que nadie diga la última palabra. El Diccionario de la Real Academia tiene a este respecto muchas ventajas: deviene de la realeza y, por tanto, de la Monarquía consagrada en la cúspide de nuestro sistema constitucional; está respaldado por un grupo humano que usa chaqué y dispone de su propio sillón; y, finalmente, es irreductiblemente español, como lo demuestra el hecho de que después de "Academia" viene "Española". Comparado con esto, Moliner y Covarrubias no dejan de ser particulares cuyo juicio sobre la semántica es comparable a cualquier manía.
Es raro, de todas formas, que los políticos estén empezando a utilizar un diccionario para aclararse entre ellos. Es como si un biólogo acudiera al diccionario para conocer el verdadero significado de la palabra "vida" o un psicólogo buscase la palabra "histeria". Seguramente, dudaríamos de su formación o de su criterio (o de su salud mental) o de todo ello junto.
El caso es que, cuando no se sabe qué hacer o cuando no se sabe qué se está haciendo, cuando no se sabe qué decir o no se sabe qué se está diciendo, la gente prefiere que un juez dicte sentencia. Así nos enteramos.