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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país. La judicialización

Alejandro Gándara

24/12/1995

Dicen que Antonio Gutiérrez, enzarzado con Anguita en una de las últimas, ha preferido el concepto de "hegemonía" según lo da el Diccionario de la Real Academia Española, que según lo dio el bueno de Gramsci. Para consternación de paleomarxistas. El otro día, en una corrala radiofónica y a propósito de si Felipe González era o no un "caudillo", uno de los polemistas le atizó al otro con la correspondiente acepción del Diccionario de la Real Academia Española, con lo que quedaba demostrado que no, porque los caudillos, según los académicos, van a la guerra. Es común, por otra parte, en las discusiones de sobremesa, que alguien definitivamente airado se levante a por el Diccionario de la Real Academia y vuelva a sentarse con la razón y el dedo puesto en una página.

Lo cierto es que nadie acude, en estas ocasiones, al María Moliner o al Covarrubias. Debe de ser porque la gente lo que quiere son sentencias al más alto nivel y ya está cansada de ver pasar los pleitos de un juzgado a otro, de un tribunal a otro y que nadie diga la última palabra. El Diccionario de la Real Academia tiene a este respecto muchas ventajas: deviene de la realeza y, por tanto, de la Monarquía consagrada en la cúspide de nuestro sistema constitucional; está respaldado por un grupo humano que usa chaqué y dispone de su propio sillón; y, finalmente, es irreductiblemente español, como lo demuestra el hecho de que después de "Academia" viene "Española". Comparado con esto, Moliner y Covarrubias no dejan de ser particulares cuyo juicio sobre la semántica es comparable a cualquier manía.

Es raro, de todas formas, que los políticos estén empezando a utilizar un diccionario para aclararse entre ellos. Es como si un biólogo acudiera al diccionario para conocer el verdadero significado de la palabra "vida" o un psicólogo buscase la palabra "histeria". Seguramente, dudaríamos de su formación o de su criterio (o de su salud mental) o de todo ello junto.

El caso es que, cuando no se sabe qué hacer o cuando no se sabe qué se está haciendo, cuando no se sabe qué decir o no se sabe qué se está diciendo, la gente prefiere que un juez dicte sentencia. Así nos enteramos.

© 2008 Alejandro Gándara

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