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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país. El mal oscuro

Alejandro Gándara

17/3/1996

En España los talentos metafísicos no están bien vistos, así que para triunfar, el que tiene alguno de esa clase, tiene que mostrar a la vez el toque cutre y siniestro que tradicionalmente nos ha lanzado a la gloria intemporal e internacional. Goya fue, entre otras cosas, el genial inventor de la supervivencia artística en un país de púlpitos y de plazas de toros. Después llegaron Buñuel y los realistas sociales (esa literatura a la que Benet denominaba de "borriquillo y alejeme") y se demostró que el prestigio y el mercado en estas tierras se reúnen bajo el palio costumbrista. Es decir, metafísica, sí; pero no más de la que pueda sacarse de un buen casting de guardias civiles, curas, putas, trileros, señoritos andaluces, toreros y bailaoras. Don Quijote tiene que ser manchego y llevar una bacinilla en la cabeza y la Regenta tiene que ser beata y enamorarse de un cura.

Goya se pasó la vida pintando aquelarres, palizas, embozados, chulapas y corridas, para poder hablar de lo que le interesaba. Y, de vez en cuando, le echaba un tiento a la familia real, con la que venía a contar casi lo mismo que con lo otro: esa especie de mal secreto que corre oscuramente por las arterias de la naturaleza humana y que es el resultado de una mala mezcla entre la constancia de la muerte y el deseo de sobrepasarla individual y colectivamente. Inevitablemente, entre tanto cuadro castizo, no podía menos que escapársele un Saturno devorando a sus hijos, en proporciones pequeñitas para que no se notara mucho, pero cargado de carne y de sangre, a diferencia del tenebrismo naturalista de lo otro. Da la impresión de que a Goya lo que le hubiera gustado es pintar las pasiones de los dioses (o sea, las eternas), pero que aquí los tiempos nunca han estado para eso, Dios no hay más que uno y las cosas son como son.

© 2008 Alejandro Gándara

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