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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país. Documentales

Alejandro Gándara

19/5/1996

La televisión, fuera de haberse convertido en el sótano de las bajas pasiones, se está convirtiendo en el templo mundial de las absoluciones colectivas. Por un lado, hace que te mires en tu propia basura y, por el otro, te confiesa y te exonera. Esto último lo hace con un género de tipo docudramático, en el que puedes observar la explotación de los niños colombianos con todo rigor de detalles o cómo la defensa de la vida salvaje en Kenia ha estado a punto de acabar con la vida humana. Estas muestras de condolencia por los damnificados y de rechazo a la perversidad suelen venir acompañadas de propuestas moralmente incuestionables. Es decir, que la presencia testimonial y crítica de las cámaras que recogen la desdicha se multiplica con el valor de las soluciones. Así, por ejemplo, se manifiesta una radical oposición a que los niños colombianos trabajen, dado que hay normativa internacional proveniente de organismos tan benefactores como la ONU que especifica la crueldad inherente al trabajo infantil y, en consecuencia, su ilegalidad. Una vez aplicado el patrón moral y legal, las cámaras se retiran como un soldado que ha cumplido con su deber y que ha justificado su posición en la batalla. Perfecto, pues. Si no fuera repugnante. La mayoría de esos niños colombianos trabajan, porque, en otro caso, sus familias se morirían de hambre. Aplicarles a rajatabla la normativa de la ONU evitaría, desde luego, el calamitoso espectáculo que nos ofrecen las cámaras, aunque eso les llevara directamente al cementerio. La patrística occidental se limita a apearse en los suburbios del Tercer Mundo enarbolando la tabla de los Derechos Humanos. Si los padres de los niños colombianos pudieran trabajar, si los empresarios de ese país no se sintieran defendidos en su explotación, si la situación actual de ese país no dependiera de los que han redactado los decálogos en lugares como Washington o Ginebra, entonces no habría niños trabajando. Pero nuestro problema es la culpa, no la injusticia o el expolio. Para lavarla sólo se necesita un poco de cinta virgen.

© 2008 Alejandro Gándara

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