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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

07/7/1996

Antes se veía correr a Zatopek, que arrastraba los pies, se comía los puños y era calvo, o a Bikila, delgadito, salido de una parálisis total, descalzo, o a Jim Ryun, perseguido por la mala suerte, por sus desdichas personales, por un talento saqueado por la sentimentalidad. Ahora no hay ninguna diferencia entre un atleta olímpico y un modelo de anuncio publicitario. Tal es así, que los australianos, por ejemplo, han hecho un book con los cuerpos desnudos de su delegación y Carl Lewis donde da mejor es en la pantalla, porque en lo otro da casi siempre histérico. Esta gente va hoy en día a las Olimpiadas a mostrar el diseño corporal que ha resultado de la ingestión descomunal de bífidos activos y de un atracón de narcisismo en los espejos de los gimnasios, pared con pared con una secta de aerobic. Esos cuerpos perfectos sólo responden a la épica del espectáculo, pero de la existencia tienen poco que decirnos. Ni una señal, ni una cicatriz, ni una magulladura. Ganan, pierden y sufren por una cuestión de hormonas o de hipervitaminosis, no por lo que hayan vivido. Los dioses de los olimpos eran tuertos, cojos o cejijuntos y eso les hacía verosímiles a la hora de entrar en batalla, porque un verdadero dios estaba lleno de contradicciones, no de inyecciones intramusculares. Los dioses han sido sustituidos en las Olimpiadas por los cromos o por las instantáneas coloreadas con rayos UVA. A la hora de hablar, por tanto, los nuevos olímpicos no dicen más que lo esperable y hablan de ganar o perder como una cosa de la profesión o de la estadística, no como de algo con significado. Esta plaga.

De ahí que las auténticas olimpiadas sean las de los paralímpicos que ya han jugado y perdido su vida y tienen, en consecuencia, la oportunidad de volver a ganarla, porque hay que haber perdido mucho para tener algo que ganar, hay que haber estado completamente loco para regresar definitivamente a la cordura. Me gustaría ver luchar a los que han conquistado su derecho a decir algo, porque estoy harto de ver televisión y dramas de colegio. Hasta los huevos, digamos.

© 2008 Alejandro Gándara

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