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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

21/7/1996

Amor (2). Reportaje. Si, por un lado, el amor tiende a descalzarse, por otro, tiende al reportaje que, como en la tendencia anterior, se confunde con el amor mismo. Contar la vida, la peripecia, inventar una biografía cargada de intención, tan falsa y verdadera como se pueda a la vez, mientras el otro escucha, es la gran fase exultante del conocimiento erótico. Lo llamamos reportaje por su estructura ininterrumpida y por su resistencia a las interrupciones. Queremos contar de golpe, aprovechar la ocasión para hacernos la biografía de un tirón, sin que el otro meta baza ya le llegará su turno y aceptándole, eso sí, su mejor gama de gestos de asombro, de sorpresa, de condolencia, de solidaridad y de ternura ante una vida, la nuestra, que ha conocido la catástrofe y el éxtasis. Pocas veces, en la rutina diaria, nos dejan hablar de esa manera. De modo que, en muchas ocasiones, el erotismo y la afinidad son el resultado de que nos dejen hablar así y no a la inversa. Lo que supone que el erotismo y la afinidad provienen en no pocas ocasiones de que el otro esté callado. Uno conoce la calidad del encuentro en el bar, en la discoteca, en la sobremesa por la potencia con que nos hacemos este reportaje. Si a uno le cuesta, si no acaba de ver el momento de colocar la placa, si se marcha insatisfecho pensando que no ha contado lo de su padre alcohólico o lo de la infancia mísera, es que algo no ha ido bien. O en uno mismo o en el otro. No digamos si el otro es de ésos que cada vez que empiezas a contar tu mejor desgracia, con tu mejor corazón narrativo en la mano, te hace eco: "pues si te cuento lo que me pasó a mí" o "lo mío fue peor". Ahí es preciso saber que el otro no nos ama ni nos amará. Por tanto, el reportaje es mucho más que una fase erótica, es una auténtica prueba de complementariedad. Y las pruebas en el campo amoroso valen su peso en oro. El único problema es que el otro, efectivamente, nos deje discursear hasta el hartazgo, pero resulte que es autista o que nunca tiene nada que decir. En ese caso, la autobiografía se convierte en una trampa mortal o en un matrimonio.

© 2008 Alejandro Gándara

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