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Etiquetas: Columna, El País

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La pasión de lo caro

Alejandro Gándara

01/9/1989

Que el dinero ha ido ganando prestigio social lo sabe cualquiera. Y también que funciona como fetiche o como símbolo de un mundo descreído a cuya puerta suelen llamar de vez en cuando las leyes de la selva. En los juegos del intercambio simbólico, de la comunicación entre las personas, se ha quedado solo, como un rey en un desierto o metáforas así. Que no tiene competencia, es lo que quiero decir. Siempre se la habían hecho las ideas, pero como ya no hay o se esconden, pues nada. No ha tenido que hacer muchos esfuerzos para sustituirlas a ellas y a cualquier otra clase de invención y convertirse en la prenda por excelencia del armario espiritual de la gente. Tres mil millones, por poner un caso, es el equivalente a cuando se decía antiguamente marxista leninista o líder carismático.

Todo el mundo sabe que esto es así y que es así en todo el mundo. Menos en Madrid. En Madrid, el dinero no lo es todo. En Madrid, la pasión es lo caro. Se dirá que en el fondo se habla de lo mismo y que lo caro se compra con dinero, con mucho, generalmente. Pero hay una diferencia fundamental entre utilizar el dinero para algo y dejar que el dinero hable por sí mismo. En el mundo civilizado el dinero habla por sí mismo. En algunos sitios de Estados Unidos el maestro de ceremonias anuncia a los invitados diciendo su nombre y a continuación la cifra de sus ingresos brutos anuales.

Lo que pasa en Madrid es distinto. Aquí todavía se percibe la resistencia a cambiar el título o la profesión por unos cuantos ceros solemnes. La gente sigue utilizando el dinero para hacer algo con él, lo que pasa es que la forma en que lo hace tampoco es la tradicional. El madrileño, por resistencia ideológica o por falta de progreso civilizatorio, se defiende del dinero echándolo de mala manera de su bolsillo. Así que el entorno social, siempre tan receptivo a las circunstancias materiales y humanas, ha tratado de facilitar esta tarea haciendo astronáutica con los precios de las cosas, o sea, disparándolos. El madrileño agradece y agradecerá siempre esta coincidencia entre su disposición emocional a quitarse metálico de encima y los simpáticos industriales que le invitan a que lo haga rápidamente. Esta posibilidad, en suma, de resistir al dinero y a su matemático imperio sobre el mundo. Lo último debiera quedar claro. La pasión por los precios altísimos tiene una base ideológica y no debiera confundirse con el derroche castizo o la tradicional generosidad de que han hecho gala las gentes de aquí. Casi podría decirse que se trata de un programa de acción política puesto en marcha, eso sí, por fuerzas algo inconscientes que tratan de resistir al invasor utilizando sus propias armas de un modo estratégico.

De esta manera, y es un ejemplo, el madrileño siempre tendrá algo que agradecer a la especulación inmobiliaria y a la ley Boyer sobre alquileres. Gracias a la primera, un piso de Entrevías le dejará mensualmente sin sueldo y con la posibilidad de que eso le suceda también al pariente que se responsabilizó del crédito bancario. Gracias a la segunda, le pasará lo mismo con la oportunidad añadida de que el piso además nunca será suyo, con lo que su estrategia política no tendrá que variar y, con suerte, tampoco la de sus descendientes. O, por poner un caso distinto, las facilidades dadas por la concejalía de tráfico de Madrid para el consumo atroz de gasolina, gracias a un bien diseñado plan de atascos que permite al conductor encontrarse uno a cualquier hora del día y por cualquier camino que elija. Todo ello, merece la pena insistir, tiene una base ideológica de la que participan felizmente los ciudadanos, la industria y las instituciones, unidos como un solo hombre contra la plutocracia. Un principio de resistencia loable y no siempre comprendido.

Esa es la razón por la que, cuando el año pasado Madrid fue aclamada por cierta revista británica como la capital más cara de Europa, el municipio sintió un raro orgullo, una especie de confianza soberana en que el hombre elige su destino y de que ese destino, por adversas que sean las circunstancias, debe defenderse aun a costa de uno mismo y, si fuera posible, para darle mayor realce, contra uno mismo. Así han escrito muchos la Historia.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres