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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

04/8/1996

Esto es una recomendación. La compañía del Teatro del Arte, bajo la dirección de Fernando Rojas, ha montado unos cuantos entremeses, con Calderón, Quevedo y Quiñones de Benavente, en el Patio del Galileo. Esto, que suena a cosa sabida, se convierte en una de esas sorpresas que hacen que uno se ponga a pensar que el destino en esta vida es una de las formas de la casualidad. Donde nada se espera, a veces surge lo esperado. La discreta casposidad de nuestros comediantes barrocos, siempre de corral en corral y, en consecuencia, un tanto agropecuarios, queda convertida en una lección dramática para todos los públicos, tanto enterados como sin enterarse, y en un despliegue de sensibilidad en el trato con la escena al que nunca se ha acercado el presunto teatro comercial ni existencial de los últimos tiempos. Poca publicidad, poca escenografía psicodélica, poco rollo y mucho talento.

Los actores dicen versos, cantan y bailan. Los actores van creciendo a lo largo de la obra. Cada uno, además, va teniendo su oportunidad en distintos momentos de la representación y cada uno ha de multiplicarse por sí mismo tantas veces como papeles le han tocado en suerte. Y todos parecen francamente buenos porque todos parecen francamente convencidos de lo que están haciendo.

Los textos han sido elegidos con perspicacia y bastante inteligencia. Están los enredos de siempre, la escena se retuerce en una autocontemplación irónica, desplegando los excesos que convienen a lo inverosímil. En los absurdos de ahora, uno tiene la impresión de estar asistiendo a una función de los hermanos Marx, restallante como un látigo, cómicamente surrealista y fragorosa. Aquí hay momentos y piezas absolutamente geniales. En Los Mariones o Los Condes Fingidos, el espectador ya es incapaz de distinguir si el entusiasmo proviene del texto, de la puesta en escena, de la interpretación o de todo ello junto. Yo no sé qué es la catarsis, porque ni soy griego ni estoy muerto. Pero la he visto en el Patio del Galileo.

© 2008 Alejandro Gándara

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