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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

25/8/1996

Noche de verano.- Por la tarde, me quedé solo en la masía de los amigos, rodeado de un muro de piedra de tres metros y con la compañía de los perros. Completamente dispuesto a disfrutar de mí mismo, como aquel que dice. Miré un libro, miré un ocaso, miré a los perros y miré desde un balcón. Cuando llegó la hora de cenar, descubrí que el frigorífico estaba vacío y que no me apetecía la butifarra con pan duro. Me dije, salgo a cenar. En Parlavá, el pueblo del Enclave, no hay restaurantes; los amigos se habían llevado los coches, y en la cartera no quedaba dinero en metálico. Pero en Rupiá, a un par de kilómetros por camino de tierra, había un restaurante donde aceptaban tarjetas. Al salir al jardín, llovía. Volví a dentro y encontré un paraguas de metro y medio, tan manejable como una alabarda. Gran parte del trayecto nocturno lo hice pensando en la estatura del dueño del paraguas. En realidad, sólo dejé de pensar en este asunto, cuando empecé a sentir miedo de la oscuridad. A la vuelta de un recodo, encontré a un potrillo blanco, parado y mirándome. Tuve la sensación de que era tan blanco que echaba luz alrededor. Me acompañó hasta Rupiá. Cené un carpaccio de bacalao y me bebí una botella de Cresta Rosa. De regreso, notablemente más contento, no encontré al potrillo blanco, pero no sentí miedo. Entonces, viéndome caminar por la oscuridad entre dos pueblos del mote y con un paraguas megalítico, mientras una cinta de azul claro señalaba el oeste por encima de las montañas, imaginé que era un médico rural de los años cincuenta y que yo nunca sabría nada de vidas como ésa. Al llegar a Parlavá, a media noche, necesité tabaco y llamé con el paraguas a los cristales de la estanquera, que estaba haciendo las cuentas en el salón de su casa. Me dio el tabaco entre las rejas de la ventana y me preguntó una cosa de aritmética. Le dije todo lo que sabía en poco más de diez segundos. En la puerta del muro de la masía, me di cuenta de que había olvidado la llave en el restaurante de Rupiá. Me senté a fumar y a esperar debajo del paraguas. Tuve la sensación instantánea de estar en otro sitio, que era ese sitio, sólo ese sitio.

© 2008 Alejandro Gándara

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