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Etiquetas: Columna, El Mundo

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Otro país

Alejandro Gándara

15/9/1996

Los tontos. Hace unos días, declaraba Vittorio Gassman que para ser actor convenía ser idiota, ignorante y, algo que según él resumía lo anterior, poco inteligente. Lo primero que me sorprendió de esas declaraciones fue la manera en que confundía las enfermedades con las negligencias o, si se quiere, la manera en que las acumulaba. Alguien que utiliza argumentos de tan diversa índole para defender una idea tan homogénea es sospechoso de no haber encontrado el argumento válido y rellenar esa falta con un número variable de ocurrencias.

Me pareció divertido, no obstante, que este actor italiano promocionara el género del consejo pasivo. Generalmente, cuando alguien te da un consejo suele empujarte a hacer cosas diferentes. Es muy poco probable que, cuando te sientes en desgracia o necesitado de palabras, la gente te recomiende que te quedes como estás. Excepto que la opinión unánime manifieste que este mundo está poblado de sabios y de inteligentes, la recomendación de Gassman pertenece al ámbito de la pasividad. Es raro, además, que aspires a ser alguien distinto actor, por seguir el caso y que tu entrenamiento consista en ser como todo el mundo. Es de agradecer, de todos modos, este talante democrático en un hombre que ha tenido éxito.

Y más aún, las palabras de Gassman contienen una paradoja irresistible: para convertirse en algo, el ser humano no debe convertirse en nada. O eres tibetano, o esto es de difícil comprensión, a pesar de lo satisfactorio que resulta pensar que llegarás a ser como Vittorio Gassman durmiendo hasta el mediodía y esperando que los productores vengan a sacarte de la cama, aunque no te conozcan.

En conclusión, Gassman ha descubierto la apología del tonto. Una de dos: o se exalta a sí mismo, o exalta a los que no son como él. En el primer caso, la ONU le reconoce ese derecho. En el segundo, se siente mal siendo lo que es. Porque él siempre quiso ser idiota, ignorante y poco inteligente, pero el mundo no le entendió. Así que no le quedó más remedio que ser inteligente para ganarse la vida. Una desdicha.

© 2008 Alejandro Gándara

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