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Etiquetas: Columna, ABC

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Premios y verdugos

Alejandro Gándara

14/6/2004

Voy teniendo cada vez más la sensación de que los premios oficiales de este país consisten menos en laurear a unos que en castigar a otros. Todos guardamos nuestra lista de damnificados. Yo, por poner un ejemplo cercano, me acuerdo de Juan Benet en este terreno de la tropelía, tanto como lamento la última contra Juan Marsé. Por encima de ellos y de otros grandes en estas goyescas competiciones de misteriosa legitimidad, han pasado escritores de toda laya, quizá alguno tan bueno o mejor (por qué no: lo que tiene el disparate es que le acierta a todo), pero en un número aberrante de casos lo han hecho escritores cuyo principal mérito literario era una insignificancia vocacional dentro de los serviles convencionalismos al uso. O sea, los ha habido buenos, pero sobre todo han prevalecido los malos con saña. Cosas de la gloria de este mundo, que debe de ser aún más ciega que la justicia misma.

Ignoro la causa de esta barbarie tanto como la temo, pero el resultado final no varía: convertir en costumbre la mediocridad, exaltarla sin sufrir vergüenza, y castigar a los que levantan la cabeza para mirar un poco más allá y más arriba. Aquí los raseros tienen el filo de las guadañas. Cuando una cultura oficial emprende la ruta de los perversos no concibe el premio sin punición. En ese orbe siniestro protegido de sombras en el que nadie vislumbra el límite, y ya toda orientación dada por perdida, se disfruta menos del honor concedido que del deshonor que se inflige. La sarna no conoce el placer por mucho que se rasque. Por suerte, el descrédito vuelve ilusorios el triunfo y la derrota. El alabado desconfía y arremete, haciendo equilibrio sobre su inestable pedestal, y el perdedor se acoraza de indiferencia ante la arbitrariedad con que llueve del cielo el galardón. Aquí no se trata de denunciar esta insania imparable, sino de ponerla en su sitio, que está junto a las componendas de la vida, el rencor de la impotencia, el pánico de los desconfiados, la envidia entre vecinos y la locura que teme al pensamiento porque siempre acaba haciendo daño. No pasa nada. La literatura y la vida están en otro lado. Para ser precisos, en el opuesto.

Ahora bien, hay que afligirse por el dolor que se pretende, por mucho que las víctimas hayan aprendido a esquivarlo. Lo malo de los que sobreviven a los golpes es que han de estar siempre atentos y entrenarse a diario para no perder reflejos, porque al menor descuido o esperanza pueden acertarles en el corazón o en la frente, allí donde el espíritu convive con sus ángeles. No, no conocemos la causa. Si la conociéramos quizá seríamos como los verdugos, una cara cubierta para cobrar un sueldo y unas entrañas duras para administrar la verdad inapelable. Convocaríamos al pueblo al cadalso para que aprendieran y aplaudieran mientras admiran la función. Después nos iríamos a la cama con las manos limpias y soñaríamos con los muertos.

© 2008 Alejandro Gándara

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