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Etiquetas: Columna, ABC

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Gente que habla sola

Alejandro Gándara

07/6/2004

El otro día creí haber tenido una visión, pero resultó que no, que  lo había visto de verdad. En la bocacalle de Preciados, en plena Puerta del Sol, un partido político había plantado uno de esos escenarios de campaña con proscenio, banderolas, atril y megafonía, se supone que para esa clase de actos que incitan a los telediarios. Lo extraño del montaje es que allí estaba el político o lo que fuese echando el discurso con la habitual pasión desbocada, lo que pasa que sin público. La gente transitaba delante de sus narices con el mismo aire con que se sortea un top manta. Aunque esto no es exacto, ya que los top manta de la zona concitaban más clientes, mejor dicho, concitaban a secas. Podrá pensarse que se trataba de uno de esos partidos que reclaman la herencia política de los reyes godos o que se empeñan en hacer navegable el Manzanares, pero ya advierto de que no: era uno de los dos grandes.

Me extrañó que el personal no sintiera la más mínima curiosidad, no tanto por lo que allí se proclamaba -uno de esos discursos hecho de recortes de periódico y de eslóganes para amiguetes-, sino por encontrarse a un señor hablando solo en una escena colosal. Imagínense que al pasar ante el Teatro Real, se encuentran las puertas abiertas y allá al fondo a Plácido Domingo cantando solo. Y que nadie entra. Esa idea. ¿Estábamos ante el fin de la política? Con ser esto inquietante, lo era aún más que al encendido orador no le desanimara en absoluto su soledad y que, cual intérprete de un drama que sólo el vivía y cuyo guión nacía y moría en el mismo sitio, o sea, en su garganta, interpretara el papel con todos sus registros. Ora caía en un profundo silencio reflexivo, ora señalaba con el dedo a la inexistente multitud para interrogarla, ora daba las gracias a los fantasmas de sus seguidores tras un párrafo ardoroso del que no podía esperarse otra cosa que el aplauso que nadie había dado.

A mí aquello me dio pena -siempre he sido muy sensible a la soledad de quien pide público y no lo tiene- y me quedé en el anfiteatro, justo enfrente, para que pudiera verme y consolarse, ya fuera dentro de la moderación del caso. Pero después de un rato, resultó que no me había mirado una sola vez, ni de refilón, seguramente porque no podía verme entre tantos como él pensaba que le escuchaban, al fin y al cabo una cabecita más entre la imaginaria muchedumbre de cabecitas. Quizá yo fuera algo presuntuoso al esperar que un servidor público o un futuro padre de la patria se fijase en mí, con independencia de que fuese el único en quien fijarse, así que traté de comportarme con mayor humildad. Lo malo es que los transeúntes sí habían empezado a fijarse en mí y me miraban, nada más lógico, como se mira a cualquiera que escucha atentamente a uno que se pasa la vida hablando solo. No sé si ustedes me entienden, ni si han decidido ya quién estaba peor de la cabeza. Pero yo no vuelvo a un mitin.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres