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A consecuencia de disponer de dos hijos adolescentes...

Alejandro Gándara

15/5/2004

A consecuencia de disponer de dos hijos adolescentes, y a consecuencia también de que nuestra capacidad de concurrir en un mismo tiempo y espacio es de baja intensidad, últimamente me he tragado dos superproducciones con el ánimo de disfrutar de la compañía de los vástagos. Como una versaba (es un decir) sobre el mundo de los samurais y la otra sobre Troya (otro decir), imaginaba que aparte de deleitarnos con la mutua proximidad, nos instruiríamos con el espectáculo. Un padre que consigue colarse en la agenda de individuos en plena pubertad para charlar con ellos sobre el Zen y la Ilíada, no sólo tiene mérito, sino que alcanza la excelencia. No se me ocurrió que tal vez el pretexto, o sea, las películas no sirvieran para eso. ¡Cuán entusiasta e ingenuo se torna a veces el devoto progenitor!

En El último samurai se pasaban dos horas con la katana en la mano, pero ni una sola palabra acerca del arte Zen que sustenta esa destreza, ni de la conciencia religiosa de los guerreros japoneses, ni de la historia de Japón, ni de ninguna otra cosa distinta de los problemas de personalidad del protagonista, que al parecer bebía mucho porque le habían quitado las guerras. Lo único apreciable fue la postrera inmolación del mencionado psicótico, pero sólo porque coincidía con el final de la película. Lo de Troya supuso, en cambio, un paso adelante desde el borde del abismo. Aquiles es representado nuevamente como un psicótico, pero además se le despoja de su sexualidad haciéndole entrar en amores con una postulante a sacerdotisa y relegando a Patroclo al papel de primo impúber. Nada de la historia de Aquiles, ni siquiera de sus talones, y nada tampoco de todo lo demás, empezando por la Ilíada: una mezcla entre La muerte tenía un precio y Murieron con las botas puestas, pero en friky. Ya ves.

No por penosas dejaron de resultar inquietantes estas superproducciones.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres