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Etiquetas: Columna, ABC

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José María da Silva

Alejandro Gándara

04/4/2004

Espero que disculpen que la columna de hoy no tenga más objeto que presentar a un hombre de poco más de sesenta años que acaba de morir y que se llamaba José María da Silva, portugués de Madeira, viejo fajador de la cultura, un amigo. Con las palabras que vienen no tengo la intención de dar o buscar consuelo y mucho menos de suscitar o aliviar las emociones que provocan una muerte sentida. Simplemente, se trata de pagar esa vieja deuda que tenemos con los que nos han hecho la vida más fácil, más luminosa o más apetecible, y que de pronto se van.

José María da Silva era el presidente del Cinefórum do Funchal, una institución cultural con rango de utilidad pública y que cuenta con veinticinco mil afiliados, lo que la convierte en la más, o una de las más, nutridas de Europa. La organización de talleres, cursos, ciclos dedicados a las artes y a las humanidades permitió que la conociera y visitara una gama reseñable de intelectuales y creadores internacionales. Allí se inventaron la idea de los festivales de otoño, exportada con éxito al resto del continente europeo. José María era un hombre de empresa, pero en sentido renacentista o bajomedieval, o sea, le gustaban las grandes empresas y le encantaba particularmente la idea de llevarlas a cabo con los bolsillos vacíos, o gastando lo que tenía en un solo envite, con aquella risa silenciosa que tenía la virtud de tranquilizar a todos los que temblaban habitualmente a su alrededor. Pertenecía a esa clase de hombres capaces de fletar un clipper en Macao, cargarlo de seda, capitanearlo y a la llegada vender buque y carga para hacer lo mismo con un buque de vuelta. Puede que fuera un soñador, aunque práctico: sólo le interesaban los sueños que navegaban a toda vela, pero sueños al fin y al cabo. Fue Vicepresidente de la Comisión de Cultura del Parlamento portugués en sus años políticos y tengo la impresión de que aquella experiencia no le dejó muy convencido de los maridajes entre cultura y política. Tampoco le dejó escéptico.

Se sentó como consejero en la extinta Escuela de Letras, donde le conocí gracias a otro de sus proyectos renacentistas o bajomedievales, consistente en extender la enseñanza de la creación literaria por las instituciones educativas de su país. La intentona se plasmó en una experiencia extravagante, si bien fructífera, que hizo que los profesores de la Escuela de Letras se turnaran durante cinco años para viajar semanalmente a Madeira, un paraíso exótico y turístico (esto, a los ojos de cualquier observador no iniciado en los secretos de su Cinefórum) mil quinientas millas Atlántico adentro.

Voy a echarle de menos, y seré uno de los muchos que lo hagan. Con él siempre podía hablarse de lo imposible como si fuera un bar que aguardase a la vuelta de la esquina, y que por razones meramente casuales aún no se había visitado. Hace unos meses me contó lo que estaba tramando. Que se preparen en el Cielo o donde sea.

© 2008 Alejandro Gándara

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