Alejandro Gándara - web personal

Textos

Etiquetas: Columna, ABC

[Imprimir]

Compartir: añadir a delicious  añadir a digg  añadir a technorati  añadir a yahoo  añadir a meneame 

Las palabras muertas

Alejandro Gándara

29/3/2004

Los griegos rechazaban los epitafios y las únicas palabras que pronunciaban ante el muerto eran: ¿Tenía pasión? Esa pregunta se quedaba en el aire y se supone que el destino la contestaba o que la contestaba el corazón de cada uno. En la visión de la muerte de Lancelot, según Troyes, hay simplemente un camposanto de lápidas en el que falta su nombre. La escena sugiere que la muerte no pertenece a la gramática de las cosas, como ya advirtió Epicuro. Etcétera. De todos modos, ha habido notables oraciones fúnebres, pero en realidad han sido exhortaciones a la vida, ya que en otro caso habrían sido impronunciables. Lo que señalan las palabras, adonde apuntan las imágenes y el sentido, cuando se produce el duelo y cuando el duelo tiene que ser dicho, es al silencio de lo incomprensible, a ese oscuro caos del Génesis en que un viento de Dios sopla sobre la superficie de las aguas abismales, un vértigo del infinito que es la nada, en el que el rostro de la humanidad precaria se asoma al cosmos que jamás podrá conocer. El hombre está solo y, por tanto, calla, o hace que las palabras callen por él. Si, por el contrario, quisiéramos hablar a toda costa, evocar y conciliarnos con la muerte a través de las palabras, entonces mataríamos las palabras, tendríamos palabras muertas, la muerte en vida. Hablaríamos entonces del "dolor de la ciudadanía", de los "liberticidas", de la "indignación y el horror", del "enorme número de familias destrozadas", del "espectáculo dantesco" de los cadáveres y de los cuerpos mutilados: en fin, toda esa prole malsana de tópicos generados por comunicadores insulsos, donde el lenguaje no es más que una peladura seca azotada por el aire.

La pena del duelo, el luto que engendra el dolor es vulnerado cuando la calle se llena de ruido, ya sea ruido de cacerolas o el ruido articulado por la boca de un intérprete que no sabe lo que dice y que desde su ignorancia pretende transmitir al mundo una verdad que rehúye la comunicación desde que nació el tiempo.

Generalmente no sabemos lo que decimos, pero más a menudo no sabemos callar. Reclutamos locutores para que enardezcan los funerales y los homenajes, exhibimos declaraciones institucionales en los paneles publicitarios, protestamos contra los gobiernos en nombre de una verdad poseída por la rabia de quien no sabe dar consuelo ni podría recibirlo, escribimos artículos para darnos a conocer entre el dolor de los mortales como si nuestro dolor, o más bien nuestra aspiración al dolor, fuera único. Las palabras no pueden trapichear con la muerte de la misma forma en que los individuos no pueden trapichear con las palabras y como nadie puede trapichear con lo que no es suyo. El duelo se parece más a esa manifestación de un pueblo entero bajo la lluvia, a esas flores enmudecidas que rodean Atocha, a esas llamas amortiguadas de los cirios en la oscuridad, a esas cartas anónimas que un desconocido escribe para el que llora.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres