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Etiquetas: Columna, ABC

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La lectura sospechosa

Alejandro Gándara

01/3/2004

La verdad es que cualquier campaña electoral es buena para leer a los clásicos (a ser posible en el original, que es como menos se les entiende) o cualquier cosa indescifrable que permita el aislamiento, da igual que sea lúcido o demente. Yo lo he intentado, pero resulta que acabo de darme cuenta de que miro a los libros con sospecha, de que esto ya no es lo que era. Temo que me haya afectado el asentimiento general, laudatorio y acrítico que rodea actualmente a la cultura escrita, esa atmósfera dulzona, de densa y algo estúpida inocencia con que las autoridades, algunos maestros y los lectores vocacionales se refieren al libro.

Que yo recuerde las recomendaciones en mi infancia para que leyera libros incontroladamente eran más bien escasas, dispersas en el tiempo y en el espacio, y procedentes de personas, si no marginales, por lo menos en el filo de la navaja de las convenciones sociales. Siempre ha habido incitación institucional a la lectura, pero también y al mismo tiempo ha habido un catálogo de títulos recomendables junto a un verdadero index de lecturas prohibidas, estigmatizadas o simplemente mal vistas (o sea, el equilibrio habitual en lo concerniente a asuntos humanos). Y por supuesto no me refiero solamente al franquismo: en la universidad antifranquista de los años setenta una novela de Drieu de la Rochelle o unas páginas escogidas de José Antonio Primo de Rivera podían dañarte seriamente las costillas. Hubo un tiempo en que leer era un deporte de riesgo, lo que ni mucho menos le quitaba la gracia, y en el que llevar un libro en la mano era como llevar el carnet de identidad en la boca. Ese tiempo ha desaparecido del todo y ha sido sustituido por esta edad ñoña en la que hasta el Un, dos, tres... se dedica al fomento de la lectura, dentro de esas campañas abstractas y universalmente aceptadas (aparte de patrocinadas) en las que no importa qué se lea con tal de que se lea. Sumamente sospechoso, qué quieres que te diga.

Puede que las cosas hayan cambiado tanto que en realidad nada sea lo mismo. Puede, por ejemplo, que un libro de los de ahora no sea igual que un libro de los de antes. Puede que dentro ya no encuentres palabras, sino sopas de letras, y que en vez de discursos razonados o historias con sentido encuentres un absurdo vocerío o un cuento contado por un idiota lleno de ruido y de furia. Quizá hayan cambiado los lectores que, aunque lleven el libro bajo el brazo, en realidad no leen , sino que lo usan para descabezar un sueñecito en el metro o para dar la impresión de que miran a algún sitio cuando lo abren. A veces mirar a un punto fijo, aunque no veas nada, relaja una barbaridad y permite quedarte en blanco. O quizá hayan cambiado las autoridades que nos exhortan, y ahora estén de veras preocupadas por qué será de nosotros y de nuestra vida espiritual. O a lo mejor he cambiado yo, y nada más. Y ya era hora.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres