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Etiquetas: Columna, ABC

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Retórica revolucionaria

Alejandro Gándara

09/2/2004

La Retórica ha sufrido una revolución como nadie puede imaginarse. Antiguamente era el arte de persuadir con argumentos y recursos lingüísticos, mientras que ahora se ha convertido en el arte de largar lo primero que pase por la cabeza y dejar al público encantado. En este aspecto, los tontos y los que hablan solos tienen más ventajas, ya que están más acostumbrados a prescindir del cerebro y del público. Por ejemplo, el otro día en la tele escuché decir a Felipe González que él llevaba retirado de la política desde el año 97, lo que pasa es que nadie se había dado cuenta. Como te lo cuento. Dado que también desde entonces lleva cobrando sueldo de diputado, se esperaba que la declaración conllevase alguna explicación o incurriese acaso en una devolución de emolumentos. Muy al contrario, el hombre se limitó a poner ese rostro ibérico (denominación de origen) de satisfacción rabiosa que le acompaña cada vez que habla de sí mismo o contra alguien, mientras al entrevistador le parecía gracioso. Es lo malo de haber mandado en el Estado tanto tiempo, que le pierdes el respeto a los que optan por la jornada de ocho horas. También te lo pierdes a ti, pero no creo que te encuentres para decírtelo. Suponemos que a partir de ahora el despido por absentismo laboral se declarará improcedente e incluso se tendrá en cuenta como mérito para acceder a puestos de máxima responsabilidad.

Casi tan fascinante como Felipe González resulta el chico éste que hace documentales a medias, y que se queja de que en España no hay libertad de expresión. Imaginamos que quiere decir que sólo hay media libertad de expresión y que cuando él haga los documentales enteros la libertad de expresión será completa y a más no poder. Quitando estas paradojas un tanto adolescentes, el sujeto dista de carecer de interés en lo que se refiere a las transformaciones retóricas de nuestro tiempo. Véase. En una de las innumerables entrevistas que le han hecho por haberle sido hurtado el derecho a la libertad de expresión, confiesa que no recibir el Goya le permitió "soltar tensión" y disfrutar de todo lo bueno que le estaba pasando. Pero hete aquí que al mismo tiempo le dio mucha pena, porque no iba a poder decir en el proscenio de la gloria lo que llevaba listo para decir. Más allá de las numerosas sugerencias que contienen esas declaraciones, hay que advertir del peligro esquizofrénico que se cierne cuando una misma situación es capaz no sólo de producir emociones contradictorias, sino de producirlas al mismo tiempo y en el mismo individuo (lo que pasa, que mira al individuo y verás). Si bien están relacionadas con un afán de notoriedad que empieza justo donde termina la actividad frenológica, lo cierto es que el individuo en cuestión ha alcanzado una fama sólo comparable a la de la madre de Tamara, caso retórico todavía en estudio. Está claro que Zapatero se ha equivocado con la Secundaria anglosajona y que lo que necesitamos es retórica española, pero de la buena, no la de Cicerón y esos.

© 2008 Alejandro Gándara

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