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Etiquetas: Columna, ABC

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Paradigma Pantoja

Alejandro Gándara

25/1/2004

En cada país, los artistas famosos tienen una idiosincrasia que los distingue. En Alemania, por ejemplo, tienden a esconderse en mansiones bávaras, a la vera de los Alpes, o a construirse cabañas en mitad del bosque, allí donde nadie pueda encontrarlos. En Estados Unidos evocan, en cambio, poses aristocráticas de la vieja Inglaterra, esa esplendorosa distancia con el resto de los mortales. Sin embargo, en Francia siguen escrupulosamente la moda, de tal manera que un Henry Lèvy cualquiera es ante todo un portaestandarte de las boutiques de Les Champs Elysées. Pues bien, en España el artista también tiene su antropología y su paradigma, una forma de ser, una distinción que hace que brille con luz propia en el concierto de las naciones. En España el artista, el intelectual, el músico, el escritor y toda la cohorte creadora aspira a comportarse como Isabel Pantoja, esa mezcla de señorío histérico y espíritu barriobajero, ese desprecio universal por todo lo que rebasa los límites del yo, esa convicción fanática de que la Historia se escribe de mi puño y letra, mientras el público tiene la impresión de que esos personajes abrillantan la cubertería con escupitajos, pulen los zapatos frotándolos por detrás de la pernera y la higiene corporal es precaria.

Los amigos periodistas cuentan anécdotas sin parar del nuevo señoritismo andaluz, cuajado de desprecio y de ignorancia, de que hacen gala estas estrellas a las que hay que pasar por netol cada pocos segundos. Una especie de mala educación atroz, pero que se ha convertido en una conducta de moda, no ya entre el cutrerío de los programas y revistas del corazón, sino entre las cabezas laureadas del país, repito. Las humillaciones, el desprecio y la indiferencia son la moneda de cambio de muchas figuras que uno imaginaría en el olimpo de la ciencia y de la sabiduría. El reverso de estos desplantes suele ser una angustia colosal por el reconocimiento, una herida narcisista abierta por el sentimiento de que uno es siempre peor tratado que los demás y sobre todo una valoración superficial de los propios méritos, que dependen de la promoción que uno haga de ellos más que de su calidad e importancia. El hacerse valer se ha convertido en el enemigo número uno de hacer algo que tenga valor, de modo que son numerosas las ocasiones en que el despechado, el resentido y la figura nacional en realidad no cuenta con nada que avale sus pretensiones ni mucho menos su desprecio a los demás.

Siempre ha habido gentecilla y gentuza de este porte diseminada por el mundo, pero nunca se había percibido tanta rabia, tanto deseo de fama cuché en la presunta sociedad de la cultura. Da la impresión de que uno se ha hecho filósofo porque ha fracasado como rockero, novelista porque no heredó una cuadra de caballos jerezanos, antropólogo porque le rechazaron en los castings. Y que la única aspiración que daría sentido a la existencia sería tener la mejor caseta en el Rocío.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres