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Etiquetas: Columna, ABC

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Lo malo de lo gratis

Alejandro Gándara

05/1/2004

Desde hace algún tiempo, en algunas capitales europeas se está imponiendo la entrada gratuita a los museos. En Londres, por poner un ejemplo que acabo de tener a mano, el British, las dos Tate y la National son free. Lo que sucede cuando en un mundo gobernado por el coste se introduce la gratuidad son cosas diversas y de distinta amplitud, aunque todas ellas inevitables. La primera, y la peor para el visitante ocasional, es que una parte cada vez más representativa de los fondos no suele estar disponible por la sencilla razón de que hay que alquilarlos a otros museos y exposiciones. ¿Por qué hay que alquilarlos? La respuesta parece lógica: porque las entradas son gratis. Pero la siguiente consecuencia lógica es que las entradas son gratis para ver algo que no está, o que muchas veces no está, o que depende. Desde este punto de vista, las entradas ya no son tan gratis, puesto que ver algo que no merece la pena nunca se ha cobrado, de modo que la gratuidad no existe. Podría decirse incluso que en esa falta de cobro al visitante hay una estafa, puesto que se le convence de que no paga por algo que tiene precio, cuando en realidad no paga porque no tendría que hacerlo. Admitiendo que lo que queda dentro del museo tras las exportaciones es digno de valor, y merecería la visita (discusión que ni va ni viene al asunto), subsiste otra cuestión: cuándo y en qué medida lo que el museo dice que contiene estará a la vista, de forma que el visitante no se sienta engañado cuando al acercarse a la sala Turner en la National descubra que se la han llevado a una exhibición de pago a la Tate Britain. ¿Habrá que llamar, como antes en los cines, para ver qué ponen? ¿Consultaremos la cartelera? Sería una solución que los museos anunciaran de lo que disponen tan periódicamente como exija el caso. Por raro que suene.

La hipótesis de que hay que alquilar obras y autores, porque las entradas son gratis, como todas las cosas lógicas tiene su lado sombrío. Me he encontrado demasiadas veces con que obras que pueden admirarse en su sitio por módico precio, al cambiarlas de lugar -muy a menudo en la misma ciudad- disparan sus tarifas. Es tal la diferencia (más allá de costes de traslado, infraestructuras y demás) que lo primero que uno piensa es que resulta rentable. Y a continuación, que si no resultará más rentable el alquiler a otras instituciones o a un programa de exhibiciones que el cobro de entradas a museos de carácter público. Esto ya encaja más con un mundo gobernado por los costes y los beneficios, que el asunto aquél de la gratuidad y del free (dom). Aquí hay negocio.

Pero si hay negocio, ¿por qué no lo hacen los propios museos? Evidentemente, por la cortapisa del carácter público, reñido en medio mundo con la rentabilidad. Sin embargo, ha llegado la hora de mirar el lado oscuro de lo gratis, sospechoso en casi todas partes, pero casi nunca en el de la cultura. Por qué será.

© 2008 Alejandro Gándara

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