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Etiquetas: Columna, ABC

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Misión cumplida

Alejandro Gándara

20/12/2003

Este año, y eso que acaba de empezar, ya he conseguido realizar mis buenos propósitos, a saber, descubrirme a mí mismo y descubrir al carnicero del híper que me vende el morcillo. Ambas cosas están relacionadas increíblemente y la relación misma tiene carácter científico, como el lector verá sin esfuerzo. Respecto del carnicero, que es aquí el dato más extravagante, aclarar que no hay forma de que el sujeto me sirva un kilo de morcillo si no es entreverado con otras carnes que ni le pido ni le agradezco. O sea, me estafa. Por otro lado: según la estadística, el uno por ciento de los españoles somos psicóticos sin diagnosticar; el cincuenta y seis por ciento de las familias no llega a fin de mes; nos consideran asimismo el país más pacifista de Europa; y una encuesta (humorística, supongo) asegura que la totalidad de los varones españoles son presidentes del gobierno de lunes a viernes y árbitros de fútbol durante el fin de semana. Hasta aquí la ciencia.

A lo que vamos. Conocidos estos datos, se me presentó un dilema a la hora de reconvenir al carnicero estafador. Lógicamente, lo primero que se me ocurrió tras la fechoría (que afectó a la cena de Nochebuena) fue asaltar su mostrador y obligarle a que me diera con su cara en mis nudillos. El origen de esta ira desmedida a causa de unos doscientos gramos aproximadamente de carne fraudulenta, y cuando me paré a pensarlo, sólo podía ser psicótico. Por otra parte, sentía cierto reparo en llevar a cabo el programa pugilístico, toda vez que el otro manejaba cuchillos. En cambio, acabé confesándome que yo era pacifista, al menos en la misma medida que psicótico, lo que no dejaba de ser un caso. Y esa psicosis por el morcillo unida a mi extraordinario pacifismo quizá fuera la causa de no haber progresado en el trabajo y en último término de que nunca consiguiera llegar a fin de mes. Con toda claridad, la psicosis, el pacifismo y no llegar a fin de mes era lo que alentaba mi necesidad de juzgar y ejecutar al carnicero como presidente del gobierno, por un lado, y como árbitro de fútbol, por otro.

Pero al carnicero podía estar pasándole lo mismo. Como buen psicótico, no se relacionaba con la realidad del morcillo, y en rigor había que considerarlo inocente. Más aún, si se tiene en cuenta que su violencia la desviaba pacíficamente hacia unos cuantos gramos de adulteración inocua, el fondo de su alma era pacifista y también justa, tanto como puede serlo el de un presidente del gobierno o el de un árbitro de fútbol. Sólo un hombre justo comprende que la violencia psicótica no debe extenderse a los congéneres. Todos estos motivos, a los que cabría añadir su puesto de empleado y no de dueño de la carnicería, indicaban que el carnicero estafador tampoco llegaba a fin de mes, lo que le convertía en un semejante y, más allá del delito, en un compatriota, un hermano. Las vueltas que da el delito. Feliz año, y a delinquir un rato.

© 2008 Alejandro Gándara

Tres Tristes Tigres