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Etiquetas: Columna, ABC

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Navidad y Constitución

Alejandro Gándara

20/12/2003

Sin duda, la Navidad está hecha para el debate, mismamente como la Constitución, que basta que toque celebrarla para que se generalice el despendole. ¿Es esto muy español? No lo sabemos. Limitémonos a afirmar lo que hay. Celebración y debate son una y la misma cosa en estos pagos. Lo malo es que muchos llegan al debate con resaca -a causa de la celebración- y otros llegan a la celebración ya muy debatidos -a causa del debate propiamente dicho. Al final se observa a gran parte de la población enfadada, algo chocante o quizá complementario en un ambiente de vítores y matasuegras. O sea, que hay momentos en que el Estado de las Autonomías y la familia se confunden.

Conste que se viven momentos peligrosos y desmembrantes. Véase, si no, el momento de adornar la casa para las festividades. Unos quieren árbol y otros belén: en mi casa se dividen al cincuenta por ciento. La cosa se encona mucho porque la bandera que el hogar enarbole en estas fechas no es sólo representación de la casa, sino la casa misma. O eso dicen los contendientes, de los que tristemente formo parte. Durante interminables meses los visitantes e invitados portarán en su cabeza una imagen determinada de nuestro hogar, de nuestra familia, tradiciones e historia que dependerá en gran medida de esta decisión. No es igual un pino con espumillón y circuito eléctrico que diez euros de musgo con figuritas y torrente incorporado. Además de no ser iguales,  afirmamos a ciencia cierta que estos símbolos son contradictorios. Mientras que las posibilidades del pino son limitadas (y en esta limitación hay algo de obscenidad), el belén exige un esfuerzo creativo o al menos lo posibilita (si bien incurre en los riesgos propios de todo acto creativo, como el mal gusto o la ambición injustificada).

Tras este dilema irresoluble, o resuelto con un árbol a medio poner y un belén de plástico, la familia salimos de casa en dirección al centro comercial, nuestro verdadero hogar si aplicamos la regla del empleo del tiempo. En sus pasillos, cafeterías, hemiciclos y mercados hacemos tratos, compramos y vendemos con personas que no son parientes en absoluto y a los que nos une, sin llegar a la ternura, un deseo legítimo de trapicheo. Hay aquí, en el puro comprar y vender, una sed de poder (quiero decir de poder hacerlo), un ansia tal de llevárselo todo a la sede de nuestros afectos, que en ocasiones nos convierte en rivales enconados hasta el punto de volver a casa cada uno por su lado, donde nuestra enseña, belén o pino, ondea a media asta del amor.

Así se explica que, llegada la fecha del reencuentro ante el pavo y los gambones, los individuos que se sientan alrededor de la mesa estén cariacontecidos, tengan todos un dolor o una herida, no por la fiesta en cuestión, no por falta de ganas de celebrar, no por algo intrínsecamente malo en la Navidad, sino porque llegan cansados de banderas y trapicheos, de disensiones mutuas, y así no hay alegría posible.

© 2008 Alejandro Gándara

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