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Etiquetas: Columna, ABC

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La matraca nacional

Alejandro Gándara

10/11/2003

Hay gente que piensa que la realidad no es eso que nos invade, sino lo que pasa en nuestro interior, ese rico mundo de sentimientos, reminiscencias y emociones. Pues los que creen eso, una de dos: o no viven en España o no tienen arreglo. Aquí no escapas. Hablamos de un país donde la realidad consiste en dar la matraca desde el alba hasta el ocaso. Una especie de cultura post Goebbels, aquello de que cuando cuentas algo (generalmente, mentiras) mil veces, acaba convirtiéndose en verdad. La matraca, como es sabido, no es música sinfónica ni dodecafónica, ni tan siquiera es balada, rumba o cuplé. Es más bien la fiesta del tambor, pillas un garrote y estiras una tripa de vaca, y a dejar sordo al personal. A traducir por coger un tema y sacudirlo, exprimirlo, repetirlo sin la más mínima variación hasta que mueren los que están alrededor, no hasta que muere el tema. Aquí los temas son inmortales. Tú te coges el tema del País Vasco y ya sabes que tus bisnietos lo tararearán en la agonía. O el de Estrellita Castro, o el de los tránsfugas, o el de la boda real, eso es lo de menos: lo importante es la matraca y ser tú el matraqueador número uno. O sea, un tonto con un tambor.

Así que vas y dices: voy a refugiarme en mi mundo interior. Te pones a sentir un rato y resulta que al cabo de poco empiezas a pensar en el País Vasco o en Estrellita Castro, en los tránsfugas o en la boda real. O dices: voy a refugiarme en el mundo interior de otros no sea que el mío no dé para mucho. Abres el último libro de Richard Sennett (El respeto, Anagrama), el de Roy Porter (Breve historia de la locura, Turner/Fondo de Cultura Económica), o el de Juan Arana (El dios sin rostro, Biblioteca Nueva) y al cabo de un rato los dejas con un legítimo sentimiento de irrealidad: ¿de qué hablan estos tíos? ¿Se han pasado de anfetas? ¿En qué sanatorio viven?

Es natural. En el fondo de tu alma esperabas que la sociedad postindustrial, la demencia en tiempos de los romanos o el panteísmo no pudieran explicarse sin Ibarretxe o sin el transfuguismo. De hecho, ni la tele ni los periódicos mencionan esos asuntos. Por algo será.

Tardas en darte cuenta de que te estás volviendo loco y de que te duele la cabeza. En realidad la cabeza te duele desde hace meses o años, porque en la calle no dejan de tocar el tambor las veinticuatro horas del día, lo que pasa es que tu cabeza no lo sabe y la pobre reacciona como puede. Y en realidad no estás volviéndote loco, sino que ya lo estabas desde hace meses o años, cuando decidiste que había más música que la del tambor, y entonces decidieron que tu cabeza era el tambor. O lo decidiste tú al no cambiar de país o al no matar al tamborilero.

Acabas por irte al bar para estar al menos con los tuyos, esos pobres tarados que dan calor de hogar. Porque al fin y al cabo es tu refugio, ese refugio del que nadie escapa.

© 2008 Alejandro Gándara

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